Andrea Murillo Gutiérrez

Un tinterillo en La Alpujarra

Medellín, Colombia. 

Andrea Murillo Gutiérrez 

Edilson Zuleta hacía mandados a los funcionarios de la Gobernación de Antioquia y Alcaldía de Medellín, en La Alpujarra. Un día, se dirigía a llevar el periódico y un almuerzo a la Gobernación cuando escuchó los teclazos que un señor de manos fuertes y cayos en los dedos le propinaba a la máquina de escribir. Transcribía un oficio con gran astucia, dictado por una señora bien encajada, rubia y de tacones recios.

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Centro histórico de Medellín. Foto: Andrea Murillo.

Al final, la señora le propinó un billete de veinte mil pesos –unos ciento veinte pesos mexicanos- y ambos quedaron contentos. Esta escena fascinó tanto a Zuleta que de inmediato se acercó con el señor de manos fuertes y cayos en los dedos. Le preguntó cuánto ganaba al día, cuántas horas trabajaba, en dónde vivía y por qué lo hacían. –Lo hago porque escribo bien y con eso gano ‘platica’-, le confesó.

Zuleta escuchó esto y subió la cabeza, miró que a La Alpujarra la cercaba una fila de tinterillos cayudos y hábiles para la transcripción de textos. No recuerda si entregó el periódico y el almuerzo a la Gobernación pues sucumbió a los encantos de la transcripción. Quedó allí, mirando como cada uno se lamía el dedo índice para sacar dentro de las carpetas la hoja en blanco con la que envolvería el rodillo; tronaban las teclas mientras la buseta esperaba al pasajero; expulsaban el último punto del oficio al tiempo en que unos jóvenes llegaban por candela y minutos; confites y mentas en el puesto de al lado.

Tomó un curso de mecanografía y fue como se plantó en la banqueta del cerco de La Alpujarra, el Centro Administrativo de Medellín, también conocido como José María Córdova, con una mesita de madera y una Remington 80. A esperar junto con sus colegas tinterillos las urgencias de las personas por redactar oficios declaratorios para las oficinas de Gobernación y Alcaldía de Medellín.

En Colombia, se le nombra ‘tinterillo’ al que ejerce la abogacía sin un título que lo respalde. No obstante, para aquel que transite por la carrera 52 esquina con la Av. San Juan, en Medellín, se encontrará con, aproximadamente, cinco ‘tinterillos’, los cuales son gestores de documentos escritos a máquina con dirección a las oficinas de cualquier dependencia gubernamental o particular.

Durante 32 años, Edilson Zuleta ha aprendido a hacer declaraciones tributarias, de impuestos, de renta y de propiedad; derechos de petición, documentos de compraventa, de todo tipo.  Se nombra a sí mismo como un asesor de contaduría con título de ‘tinterillo’ pues indica a las personas cuántas copias deben llevar para no regresar,  dónde son más baratas, si necesitan presentar otro documento además de la cédula, cómo llegar a cualquier edificio de gobernación y dónde es bueno para parquear la moto.

Zuleta es ágil con el teclado, lo sabe llevar con tranquilidad y correspondencia. Desconoce las pulsaciones y palabras que redacta por documento. Si el calendario indica: diciembre y enero, cambia la tinta cada semana pues la mayoría de antioqueños corren a pagar a la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales (DIAN) la contribución impuesta por el gobierno colombiano para financiar la educación, seguridad, los programas de asistencia social y los sueldos de la burocracia. Si son julio y agosto: cambia la tinta cada mes. Para esa temporada los colombianos no quieren saber de declaraciones fiscales o derechos de petición sino, festejar el 20 de julio la independencia del país, y el 7 de agosto la batalla que en 1819 Simón Bolívar daría inicio y fin a las cuatro de la tarde con una victoria que desembocaría en la independencia del norte de Sudamérica: la batalla de Boyacá.

Por la mañana toma una ducha y se pega un ‘tintico’. De su casa a La Alpujarra le lleva una hora en bus.  Llega a las 7:30 al parqueadero de motos donde guarda su mesa. Ensambla la sombrilla, pone la máquina, saca las carpetas amarillas, ya rotas por el uso, a un costado de la máquina y se pone a leer ‘Nueva Colección de Leyes y Decretos, edición 2013’. Le gusta saber qué es lo que redacta y cuál es el asunto de cada oficio que le encomiendan.

Las cartas de amor con llanto”, es como Zuleta nombra a las más largas y engorrosas de todas. “Querida hija cuándo vienes… No, espere, mejor póngale: cuándo llegas para tenerte lista la comida que a ti más te gusta, es que ya te extraño. Mira que, doña Manuela ya tuvo otro nieto. Perdón, es nieta, me equivoqué, corríjale, por favor”. Prefiere redactar oficios, no le gustan las cartas de amor: “es puro chisme eso. Aunque hay que hacer lo que el cliente pida y darle un buen servicio”.

Zuleta llama al cliente, y vuelve a decir: ‘A la orden’, con un tono seco y raspón, nada bondadoso. Al instante llega un señor con una empanada de pollo en la mano, y una carpeta en la otra. Le pide un oficio dirigido a la Secretaría de impuestos:

   –Esta vaina que ya me tiene enfadado.

   -Y a mí que tanto trabajo que me da, oiga.

Zuleta es un soltero que reposa en sus cuarenta años, pues dice no ha tenido amor verdadero más que por su Remington 80. Tinterillo es por afinidad y amor al oficio. Para él, la mecanografía prefigura como el traslado de la palabra a través de las teclas. No teme a la actualización tecnológica de las dependencias: oficios escritos por el computador. Menciona, a la gente le gusta que le hagan el trabajo y siempre se permitirá la entrega de documentos tecleados. Edilson Zuleta no teme al despojo tecnológico ni al antioqueño escritor de sus propios oficios. El tinterillo en La Alpujarra no se engalleta de na’ más que de la esencia de un papel escrito a máquina.

 

 

 

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Marcela García Rojas

El ombligo de la luna

Ciudad de México, México.

Marcela García Rojas

Viajero: has llegado a la región más transparente del aire“:  Alexander von Humbold.

      Una mañana en Polanco. Entre Lamartine y Arquímedes, el frío cala los huesos, el aroma del café espresso invade los sentidos; el reloj marca las horas de las deshoras, sexto intervalo antes meridiano, el sol se oculta en las nubes sosas y obstinadas. El ir y venir del transeúnte ambientan la habitación, el aturdir del conductor desesperado enajena y suspende el momento en el tiempo.

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Foto: Lidia Arista. El Universal.

         Las garnachas están en su punto, una guajolota es el menú, chile verde que le ha de dar sabor al caldo de monotrema. Dirección barranca del muerto, las danzas aztecas anuncian la estación, huele a pápalo y a rosas de castilla. Imponente el Tepeyac justiciero, observa a la muchedumbre y hace mutis.

        Pino Suárez, yo bajo en la esquina, ¿y usted? Bienvenido a la región más transparente del mundo, el templo mayor, el ombligo de la luna, el centro del universo, ahí donde cruza el trópico de cáncer. La estrella madre occidental resplandece en el horizonte donde las miradas colisionan, palidecen y se ruborizan, el viento sopla y resopla, estamos sin duda ante una recóndita tertulia.

        Bulevar puerto aéreo, diez pesos le cuesta, diez pesos le vale. Oriente 180, número 219, colonia Moctezuma, segunda sección, norte 21 entre la 172 y el circuito interior. Tu beso sabe a bacalao y romeritos, ensalada de manzana y colación. ¡A la rrurru niño a la rrurru ya! Dos placeros ayotlecos, por favor, con salsa borracha y chile manzano, una de cebada bien muerta, para el calor no, para mí.

        La reforma del paseo. Derecho hasta que tope con el tiempo, con la espera, con todas las ilusiones y con una que otra quimera. Al paso, al paso… Los magnolios elegantes y grandiosos pintan de blanco la casa del ángel dorado. El cuerpo del deseo álgido, la diosa arrodillada clama venganza, la saeta que la viste, precisa desesperada el corazón que atravesará.

        El Benemérito de las Américas engalana la entrada triunfal, el parque de la perrada, los abedules y la lavanda, Zeus y las Ninfas. Danzón dedicado al caballero y la dama que lo acompaña. Las bellas artes sublimes. Sobre cinco de mayo, I. Madero, el Palacio Azul, ¡de prisa, de prisa! Los Condes del Valle de Orizaba saludan en su balcón; Don Rodrigo de Vivero y Aberrucia.  

        El discurrir de conciencia detiene a los últimos pensamientos que sin querer queriendo luchan por ser una verdad. Les dice muchachos no salgan, pero ellos hacen un gesto y orondos se van. En regocijo me encuentro charlando con Hegel y Lope de Vega en Plaza Uruguay, la negra noche está por llegar y hacernos compañía. Vigésimo segundo intervalo pasado meridiano… Una sombra en Polanco.

 

 

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Cristian Rodríguez Pinto

El desecho de la fiesta de los libros

Guadalajara, México. 

Cristian Rodríguez Pinto 

Para uno de los porteros nocturnos del estacionamiento de Expo Guadalajara, la Feria Internacional del Libro (FIL) es el evento rey; en ningún otro las personas inundan tantos contenedores de basura, -en la noche salen como unos tres camiones-, afirma.

Imagen de Jorge Alberto Mendoza

Foto: Jorge Alberto Mendoza.

Son las 20 horas del jueves 3 de diciembre, se siente un viento fresco y el cielo está cubierto por nubes que parecen inofensivas, pero en realidad son de las que suelen inundar la avenida López Mateos; anticipa un recolector de basura, tan simpático que podría haber inspirado al que interpretó Cantinflas. Se llama Francisco Rodríguez y se dirige a la puerta cero del área internacional, el punto donde inicia su expedición.

El señor Paco se adentra por Ensayistas, después cruza o recorre Cronistas, Editores o Ilustradores -avenidas del área internacional-, empuja su carrito negro, con forma de media luna y capacidad para unos tres metros cúbicos.

En él, vierte los desperdicios de un evento que deja una derrama económica de 3 mil millones de pesos -17 millones, 964 mil dólares, según el tipo de cambio de aquel entonces.

En un turno de siete horas, este hombre delgado y moreno dice llevar 50 carritos llenos de desechos hasta uno de los dos puntos de reciclado, ubicado afuera de la puerta número dos de Expo Guadalajara.

Mantener la pulcritud en el recinto que alberga a la FIL es tarea de la que se encargan 81 personas -según cuenta Omar Ramírez, supervisor del área de limpieza de la Expo-; barrenderas, recolectores y encargados de baños realizan un trabajo hormiga entre 792 mil asistentes que tuvo en el 2015 la que presume ser la segunda feria del libro más grande del mundo -después de la de Frankfurt, Alemania-, según sus organizadores.

El otro punto de reciclado se encuentra a 300 metros, a un costado de la puerta cinco, en la cima de una rampa serpenteante. Una plataforma de dos por cuatro metros entre PET, cartón, aluminio, plástico y suciedad irreciclable es el área de trabajo en la que el verdugo Oswaldo decide qué objetos tienen uso aún y cuáles se consumirán en el olvido del muladar.

A las 20:30 horas el bramido del camión 2297 de la empresa PASA (promotora ambiental) se agudiza. El chofer está empujando el colosal contenedor que, por sí solo, pesa cuatro toneladas. Y lo coloca debajo de la plataforma de Oswaldo. Es su cuarto viaje en lo que va del día. Desciende de la bestia y supervisa que la ubicación del barco de desperdicios sea quirúrgica.

El olor a yogurt rancio impregna el uniforme de Oswaldo, quien termina su faena de 12 horas y se dispone ir a cenar a casa. La batalla contra la montaña de desperdicios llegó a su fin, sólo por hoy.

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Javiera Ortiz Pulgar

El Buen vecino

Villa los héroes, Chile. 

Javiera Ortiz Pulgar 

Todos tenemos vecinos. Algunos más simpáticos y agradables que otros, a veces podemos conocer sus historias o simplemente no saber quiénes son.

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Foto: Creative Commons.

Mis padres llegaron a vivir a la Ciudad Jardín Los Héroes de Maipú a inicio de la década los noventa, lugar donde nací y he vivido gran parte de mi vida. Momento en plena transición a la democracia, en un Chile álgido y conflictivo.

Este sector más conocido como Villa Los Héroes, es parte de una de las comunas más habitadas de la capital chilena. Surgió en 1985 como un barrio para la clase media, en medio de una zona con bosques de eucaliptos, pastizales y terrenos agrícolas. En la época en que mi familia llegó a vivir allí, comenzó una gran explosión demográfica, la que hoy se calcula en más de 130.000 habitantes.

En un Santiago donde todo parece contaminado por las alturas, el smog y el cansancio, por las calles de esta villa aún se escuchan los niños jugar al futbol o las ruedas de las bicicletas desplazándose a comprar al negocio de la esquina. La vida de barrio se vive con fuerza, donde sus residentes intentamos mantener ciertas costumbres, para no convertirnos en caras sin nombres.

En este intento, nuestro vecino del frente de la calle nos riega las plantas cada vez que salimos de vacaciones, o cuidaba de nuestras mascotas cuando no podían ir con nosotros. El buen vecino, como le decimos todos en la cuadra, siempre cuida de las casas y mantiene excelente relación, son de esas personas difíciles de encontrar.

Mi buen vecino, fue fotógrafo de la policía secreta de la dictadura de Pinochet.

El Golpe de Estado y dictadura en Chile

La década de los setenta en América Latina estuvo marcada por cruentas dictaduras militares que dentro de sus planes tuvieron como finalidad evitar el avance de democracias populares, lideradas por una visión socialista. Gracias al apoyo de Estados Unidos tanto en la formación de dictadores con la Liga de las Américas y apoyo financiero a campañas comunicacionales, diversos países de la región vieron coartados proyectos políticos diferentes.

Países como Brasil, Argentina, Nicaragua y Chile engrosaron la lista de una seguidilla de Golpes de Estado. Fue así como el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende vio truncado “la vía chilena al socialismo”.

El Golpe de Estado de 1973 liderado por Augusto Pinochet y las ramas de las fuerzas militares, marcó un antes y un después no solo en los sistemas de gobiernos regionales, sino que también con un gran impacto internacional. No solo por los bombardeos a la casa de gobierno y la posterior muerte de Salvador Allende, sino que también por los grandes cambios que vivió la sociedad chilena.

Perseguimiento, opresión política y doctrina de invisibilidad se mantuvieron durante 17 años en una de las dictaduras más violentas y crueles que se han registrado en la historia de la sociedad occidental, marcada por la violación sistemática de los Derechos Humanos.

De acuerdo a los informes de la Comisión de Verdad y Reconciliación, más conocido como informe Rettig, y la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, Informe Valech, la cifra de víctimas directas ascendería a más de 35 mil personas, de las cuales más de la mitad fueron torturados.

Acciones que dejaron a 3.197 personas muertas, siendo más de un tercio de ellas ejecutadas extrajudicialmente.

Además, al menos 1.102 personas aún están desaparecidas y otras 200 mil personas sufrieron de exilio, sin contar todos aquellos que pasaron por centros clandestinos e ilegales de detención. Pero, ¿Quiénes ejecutarían estas violaciones?

Dirección de Inteligencia Nacional

En este contexto, desde el mismo día del golpe de Estado, Augusto Pinochet creó la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA), donde los detenidos políticos atestaban las gradas del principal estadio de deportes de la ciudad. Liderada por el teniente coronel Manuel “Mamo” Contreras, durante cinco años, la DiNA, fue la organización responsable del asesinato de 2.279 personas y la desaparición forzada de otras mil personas más.

Con la finalidad de “exterminar totalmente el socialismo”, alrededor de 1.500 personas pertenecientes a las fuerzas armadas fueron instruidos para matar, instaurando el terror incluso fuera de las fronteras del país. La llamada Operación Cóndor fue una de estas estrategias.

Dentro de esta lista de asesinos y colaboradores al régimen está mi vecino.

Agente policía secreta de Pinochet

Mario es el nombre de mi vecino y aparece en el listado del personal de la DINA publicado por el periódico Cambio 21 en abril de 2012.

Posteriormente, según las investigaciones realizadas por la Cámara de Diputados a pedido del diputado Hugo Gutierrez, Mario habría pertenecido a la lista de suboficiales de Reserva del Ejército que participaron en los operativos de la policía secreta de Pinochet y que después de 1977 pasó a formar parte de la División de Ingeniería de la Central Nacional de Informaciones (CNI).

La CNI fue el organismo sucesor de la DINA hasta 1990.

El buen vecino de hoy

Si fue fotógrafo o no de ambos organismos opresores, se desconoce. Sin embargo, según los registros oficiales de la Reserva del Ejército, conjunto de hombres y mujeres con o sin instrucción militar que actualmente no tienen servicio activo, mi vecino seguiría estando de alta en los estamentos militares.

A sus sesenta años Mario debe ir a declarar su participación en una de las 1.045 causas que hoy se encuentran abiertas por violación a los Derechos Humanos en Chile. Sufre de asma y neumoconiosis, esta última enfermedad asociada a la inhalación de polvos contaminantes, como los de foto- revelados en los antiguos cuartos oscuros de los fotógrafos.

Enfermedad que no le impedirá salir esta navidad en su camión como todos los años, vestido de Viejo Pascuero, para alegrar la festividad tanto a los niños y adultos.

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