Cristian Rodríguez Pinto

La bestia falsa de Zapotlán

Ciudad Guzmán, México.

Cristian Rodríguez Pinto

“La vamos a hacer porque la vamos a hacer”, le dijo su esposa, llorando, mientras le daba la bendición, el día que se despidieron. Mes y medio después, flaco, pestilente y fumando un cigarro, Rafael Lara Sandoval se encuentra aquí, bajo la sombra, afuera de la antigua estación del tren de Ciudad Guzmán, Jalisco, al occidente de México.

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Vagón abandonado en Ciudad Guzmán. Foto: Jonathan Aguirre Zúñiga.

Rafael

Departamento Villalobos 2, Corral número 12, es la dirección de su casa en Ciudad de Guatemala. “Nuestro país es pobre hermano, es pobre”, repite el señor de 50 años, quien, además de sus harapos, carga con la angustia de su familia. Imposible saber si con país se refiere a Guatemala o al sueño bolivariano de la gran nación: Latinoamérica.

“Los mareros allí están; todo el tiempo cobrando el impuesto, todo el tiempo pasa eso en Guatemala. No hay control”, se quejó.

Rafael vivía una precaria tranquilidad. Su panadería le dejaba en promedio 500 quetzales al mes (unos 65 dólares) con los que, dice, mantenía a su mujer y a sus tres hijos: la menor de seis años, la mediana de 14 y el mayor de 17. Un mal día las maras, impunes, empezaron a cobrarle derecho de piso. Al paso del tiempo la cuota se infló como pan en el horno. Cuando su derecho a vivir en paz llegó a costar 2,500 quetzales al mes (320 dólares), ante su ultimátum de muerte, Rafael se aferró a su fe y a La bestia.

Durante su paso por México Rafael ha vivido 4 asaltos. Su estreno fue en Huixtla, Chiapas, 60 minutos después de haber cruzado frontera con Guatemala; otro en Arriaga, Chiapas, y uno más en Medias Aguas, Veracruz, lugares que, en un comunicado de prensa emitido en abril del 2011, la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México (CNDH) identificó como “zonas (donde) se han documentado secuestros, maltratos, extorsiones, robos y ataques sexuales a migrantes”. Si en esos tres asaltos logró burlar a sus victimarios al esconder sus billetes en algún orificio de su cuerpo, no fue así en Orizaba, Veracruz, donde cuatro encapuchados lo bajaron del tren a media noche, mientras La Bestia dormía.

“Allí estaban los zetas, esperando, como lobos. Si uno no les paga, son capaces de tirarlo a uno del tren”, lamentó impotente.

Asalto de rutina: encontrado, encañonado, insultado, amenazado, bajado del tren, llevado a una casa. No lo soltaron hasta que le extrajeron su último centavo. Desde entonces, Rafael empuñó más fuerte los metales de la incertidumbre motorizada y ha sobrevivido a la hostil travesía gracias a la caridad de quienes se topa en el camino.

Hoy no tiene más dinero que el que juntó esta mañana pidiendo en el semáforo, afuera de un centro de atención telefónica que exhibe celulares cuyo precio permitiría a Rafael vivir dos meses con su familia, con todo y derecho de piso pagado.

“Lo que es Centroamérica y México es casi lo mismo: los maras y cuanta madre, pero Jalisco es un estado muy a toda madre”, dice Rafael, acompañando sus declaraciones con movimientos de manos que imprimen certidumbre a su discurso. La CNDH no cataloga al estado de Jalisco como zona de riesgo para los migrantes centroamericanos que buscan llegar a Estados Unidos, por el momento.

Aquí, en la antigua estación que hoy alberga oficinas del gobierno municipal de Zapotlán el Grande, se encontró a Carlos Soma Rodríguez, un albañil salvadoreño de 38 años de edad.

Carlos

Hasta hoy, miércoles 23 de abril del 2014, Carlos dice llevar 17 días desde que salió de su casa en Sonsonate, El Salvador. Después de una mala racha en la construcción, abordó el tren erguido a finales del siglo XIX por la Tropical Trading and Transport Company (después United Fruit Company), empresa estadounidense que monopolizó la producción y exportación de frutas tropicales en Centroamérica, en aquel entonces consideradas como exóticas. Las vías vienen desde Colombia; de sur a norte atraviesan Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala hasta penetrar a México por la selva chiapaneca.

Durante su viaje, Carlos pasó por la Ciudad de Guatemala; entró a México por Ciudad Hidalgo, Chiapas; tomó una combi a Tapachula y un camión a Arriaga, donde volvió a subir al tren. Pasó por Puebla, el D.F., Querétaro, Irapuato y Guadalajara.

“Yo no tengo prisa de llegar a los Estados Unidos, yo voy al paso de Dios”, dice Carlos, mostrando sus dientes amarillentos.

El viaje del sonsonateco ha sido mejor; no estuvo exento de asaltos pero supo dirigirse a casas de asistencia a migrantes en Arriaga, Medias Aguas, Irapuato y Guadalajara. Además, Carlos no tiene dependientes ni compromisos, lo que se refleja en su rostro optimista y despreocupado. En El Salvador dejó a sus padres y a nadie más, y va firme rumbo a Seattle para comprarse una troca. Hoy está aquí, recargado en las puertas de unas oficinas cerradas por ser miércoles santo.

Lugar erróneo

Ciudad Guzmán, municipio de Zapotlán el Grande, Jalisco, es un punto medio en la ruta ferroviaria que conecta a Guadalajara, Jalisco, con el puerto de Manzanillo, Colima, inaugurada el 12 de diciembre de 1908 por el entonces presidente Porfirio Díaz. Se encuentra a más de dos mil kilómetros al sur de Tijuana y a 130 km. de Guadalajara. Ambos inmigrantes se salieron de la ruta rumbo al Tepic, Nayarit, y llegaron aquí por error, engañados por unos indigentes.

“Lo que le dicen a uno en Guadalajara es: ‘ese va para el norte’. Nosotros lo agarramos y venimos a parar aquí”, explicó Rafael, estancado hace tres días en Ciudad Guzmán. Carlos, en cambio, dice haber llegado ayer en la noche.

Hoy por la mañana, el salvadoreño no paraba de dar gracias en la oficina parroquial del templo de San Isidro Labrador mientras una secretaria le regalaba un cambio de ropa usada. Salió y se encaminó rumbo a la vieja estación de ferrocarril. A cuanta persona se encontraba, se dirigía:

“¡Buen día hermano(a)! Venimos de El Salvador, vamos rumbo al norte. La madre nos acaba de dar esta ropa, pero al subir al tren nos podemos enredar y caer. ¿Tendrá alguna mochila de sobra, unos tenis o alguna moneda con la que nos puedas ayudar?” Junto a él iba un niño con los labios partidos por el Sol, al que Carlos identificaba como su sobrino.

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Vía férrea a su paso por Zapotlán. Foto: Jonathan Aguirre Zúñiga.

Anónimo

El reloj marcó las 15 horas y el niño no se despegaba de Carlos. Tenían parecido: los dos presentaban sobrepeso. El menor cargaba una sonrisa envidiable y era muy bueno evadiendo preguntas. Se llama Genaro, dijo viajar con su tío, y, contra cualquier predicción, el viaje le ha gustado. Tiene 14 años. De pronto, Carlos se levantó y de entre sus bolsas sacó una playera blanca con propaganda política, dijo que se la obsequiaron a su paso por Arriaga.

“Si tuviera credencial mexicana haría ganar a esos del PRI, por Dios, hermano”, juró eufórico mientras se probaba su prenda nueva.

No había terminado Carlos de presumir su playera cuando a la sombra de la estación llegó un joven. Cargaba una mochila rosa y traía la ropa corroída y colmada de aserrín. Como los vaqueros de las películas del viejo oeste, aventaba sus pasos hacia adelante y llevaba sus manos suspendidas en los costados como si estuviera listo para usar su revolver contra el oponente. Era delgado, de unos 30 años, y también presentaba quemaduras por el Sol. Incisivo, irrumpió.

“Pónganse vivos, vo, mirá que uno no debe andar confiando en estos locos, ¿me entendés?”, dijo el joven en voz baja dirigiéndose a Rafael y a Carlos. El niño miraba en silencio. El ambiente se puso tenso.

Carlos trató de apaciguar los ánimos, pero el joven lo interrumpió.

“Mierda, mirá que de nosotros no deben de saber nada. ¡Puta, vo! Ven que sufre uno, que no tiene trabajo, vo, y allí vienen a entrevistar a uno”, le dijo exaltado a Carlos y continuó desahogándose.

“¡Nos roban, loco! ¡Nos han robado todo el camino aquí en todo México! ¿Me entendés? Yo soy de la República de Nicaragua, asere, y mirá que, zarpá uno de allá, vo, y uno trae bolívares, dólares, quetzales y nos los roban”, dijo, mientras en su rostro rabioso escurría sudor.

Hubo otro silencio prolongado. El muchacho anónimo se apartó. Desde entonces Rafael permaneció callado. Carlos mencionó que había conocido al joven nicaragüense el día anterior, quien le contó que consiguió trabajo en un aserradero, donde corta leña. No dijeron su nombre.

Carlos volvió a levantarse del suelo, donde ya se había acostado, y confesó serio.

“Si no digo la verdá, hermano, Dios me puede castigar. Este niño no es mi sobrino. Este niño viene con el muchacho, él y el muchacho viven aquí. Hoy en la mañana yo me lo llevé a pedir una moneda para no dejarlo solo mientras el muchacho se fue a trabajar”. Y les fue bien. Carlos contó que él y Genaro habían ido a la iglesia catedral y que hablaron con un cura, quien prometió ayudarlos a comprar el boleto de autobús a Tepic, de unos 800 pesos mexicanos (61 dólares). Carlos, recobró su sonrisa.

“Más tarde volveremos a esa iglesia para encontrar al cura”, dijo. Al escuchar esto, Rafael, curioso, preguntó:

“Oye, hermano, ¿crees que ese sacerdote tenga tanta caridad como para echarme la mano a mí también y prestarme para el autobús a Tepic?”

Regresó el nicaragüense. Cargaba una bolsa de una tienda de autoservicio de la que sacó una lata de cerveza. Él, junto con Carlos, el Rafael y el niño Genaro, se trasladaron a otro lugar: una casa de tela entre matorrales, adornada con plástico y desechos, a las afueras de la ciudad. El olor a humedad y las moscas eran abundantes. Allí viven Genaro y el joven nicaragüense desde hace tres meses. Invisibles para la gente.

El joven no identificado se puso a jugar cartas con Carlos al tiempo que, de otra bolsa, sacó cuatro tortas. Dio una a Genaro, otra al señor Rafael, otra a Carlos y la última a un nuevo presente: tatuado, delgado y arrugado, quien permaneció callado todo el tiempo.

Es imposible saber el verdadero nombre del joven nicaragüense; es el líder del grupo y está en su territorio, un pedazo de soberanía perdida donde él es libre, donde él gobierna. Sin embargo, tras bajarle la mitad a una caguama, empieza a hablar.

“Puta, vo, que ¿qué es lo que más extraño?” Bajó su mirada y rio para disimular sus lágrimas.

“No te pongas a llorar hermano, que si te vas a poner a llorar me harás llorar a mí también”, lo consoló Carlos.

A Anónimo, las ilusiones que lo mantienen de pie son su vida, el trabajo, dejar de tomar y un día llegar a Canadá. Ciudad Guzmán no tiene parecido alguno con su lugar de origen y dice vivir muy tranquilo aquí.

Bajó sus cartas: par de reyes y par de reinas, ganó la partida. No piensa volver a subir a La Bestia, por un buen tiempo.

Finish”, dijo, ocultando su razón de salir de Nicaragua, mientras negaba con la cabeza y volvió a reír para enmascarar sus sentimientos.

“Si un día puedes ayudar al migrante, pon custodios en las vías para que cuiden nuestros derechos humanos”, sentenció Carlos, fue la última frase del día.  

La tarde del jueves 24 de abril una columna de humo blanco se levantó de aquella casa de desechos. Era Rafael Lara Sandoval con su cigarro. Sus mechones blancos se distinguían entre la maleza. Tal vez el cura de catedral no lo ayudó, tal vez Rafael no lo encontró o, tal vez, al igual que el joven nicaragüense, decidió quedarse en Ciudad Guzmán. Mientras, en el departamento Villalobos 2, calle Corral número 12 de la Ciudad de Guatemala, a mil 485 kilómetros de distancia, cuatro almas desconcertadas lo esperan.

El viernes 25 de abril, a las 8:35 horas, violento, el bramido de La Bestia falsa volvió a cubrir el valle de Zapotlán.

Crónica publicada en el periódico El Puente, el 19 de mayo del 2014.

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