Cristian Rodríguez Pinto

La elección de San José (primera parte)

Zapotlán el Grande, México.

Cristian Rodríguez Pinto

Un rancho. Piso de tierra por donde pasean las gallinas, paredes de maderos, tejas de barro; adentro pintado de tizne, por fuera cercado por magueyes mansos, enormes. Se rezaba antes de tomar canela, se tomaba canela antes de ir a la cama y se dormía al tiempo que el Sol se escondía detrás de los cerros, entre el canto de los grillos, acurrucados bajo el manto estelar.

Paz. Paz en el poblado Las Guácimas, municipio de Tamazula de Gordiano, Jalisco, en 1958.

“Es muy bonito vivir en un rancho. A nosotros los hermanos no nos apuraba nada. Nosotros nomás queríamos comer. Pero éramos seis y a mi papá se le hacía muy pesado”.

Angelita Arteaga Anguiano era la hija mayor del matrimonio entre María Trinidad Anguiano Preciado y Reyes Arteaga Arriaga. Tenía 12 años. “Ya va a salir el lucero. Vámonos levantando’, decía mi papá. Antes de las siete de la mañana mi mamá ya le tenía su canastón de tortillas recién hechas. También le daba frijoles o blanquillos y se los llevaban en un morral en servilletas de tela”, recuerda Angelita, quien se quedaba a cuidar a sus cinco hermanos, todos menores.

En ocasiones, cuando su mamá se quedaba en casa, Angelita podía ir a una escuela primaria en la que solamente había un maestro. La primogénita estudió hasta tercero de primaria. En cambio, cinco años atrás, había caminado cada sábado por un sendero a Las Tempranillas, un poblado donde había un centro de oración -y de vez en cuando oficiaba misa un sacerdote de Tecalitlán- para prepararse sacramentalmente.

Yo me acuerdo que hice mi primera comunión con un vestido rojo. Algunas sí llevaban vestido blanco pero, las que no teníamos, íbamos del color que fuera. Yo tenía siete años cuando hice la primera comunión, la confirmación había hecho antes. Así lo confirmaban a uno, después del bautismo. Yo no me acuerdo”.

Alrededor de Las Guácimas había pozos de agua zarca por doquier, recuerda Angelita. La población no superaba los 50 habitantes, pero pronto disminuiría.

Se decía que iban a hacerse casas en Peña Colorada –municipio de Minatitlán, Colima-, que las iban a regalar y a repartir trabajo allá. Mi papá decía: ‘el agua va pa abajo y yo me voy pa abajo’. Un lunes santo llegamos a Atenquique con una tía, hermana de mi mamá. Estuvimos toda la semana mayor con ella. Mi papá estaba esperando a que pasaran los días santos para irnos. Íbamos a abordar el tren y nos íbamos a bajar hasta donde llegara”.

Al terminar la semana santa, el primer tren que pasó por Atenquique con dirección a Manzanillo, Colima, no fue abordado por la familia Arteaga Anguiano; Angelita, sus padres y hermanos, se quedaron a vivir en un rancho de láminas que les consiguió su tía, prestado, enclavado entre el río y la vía férrea.

En Atenquique, un pueblo de unos 300 habitantes con una fábrica de papel en ciernes, las tres hermanas y dos hermanos menores iban a la primaria mientras que Angelita y la señora María Trinidad torteaban –realizaban tortillas- a mano. Con entonces 13 años, apenada por sentirse grande, la hija mayor no volvería a asistir a la escuela.

A mí se me hacía bonito el mundo. Tenía otra tía, hermana de mi papá, y me gustaba mucho ir a su casa y quedarme a dormir ahí. Ella me decía: ‘fui a la presa y me traje una bola de queso, ¿no quieres?’ Yo me imaginaba la presa de agua y el montón de bolitas de queso flotando en el bordo. Ahí me tenía comprada, feliz, yo con mi plato de frijoles con queso de la presa. En aquel tiempo ‘se amarraban los perros con longaniza’, decían: de todo se creía uno, todo lo que te decían era verdad”.

Asentados en Atenquique, llegado el verano, la familia Arteaga Anguiano caminaba más de 10 kilómetros al sur bordeando barrancas. Subían un cerro ubicado frente a El Platanar, municipio de Tuxpan. Ahí estaba el rancho Las Taunas, donde el señor Reyes consiguió empleo como labrador.  

Nos quedábamos al pie de una cueva. Mientras mi papá y mi mamá limpiaban la milpa yo me quedaba a hacer las tortillas. En la cueva no había nada, era una cueva grandota con más cuevitas chiquitas. En tiempo de lluvias, a mi papá le pasaban ecuaros –terrenos- para que sembrara. Haz de cuenta que era un cerro, y luego ya quemaban y sembraban, y ya salía la milpa y había que limpiarla, eso hacía yo”.

De julio a agosto, Angelita se levantaba al salir el Sol para encargarse de la limpieza en la cueva, su casa temporal. Molía maíz y preparaba frijoles para sus padres y hermanos. Por la tarde acompañaba al señor Reyes y a la señora María Trinidad a recolectar calabacitas, pepinos y ejotes, o a quitar zacate de los surcos. Los tiempos, dice, casi no eran libres ya que siempre había algo por hacer.

Al estar en Atenquique, un día Angelita fue a una fiesta de quince años en la que participó como acompañante de la festejada –la tradición era que 14 niñas acompañaran a la quinceañera durante misa y convite.

Debajo de un tejabán, una mesa con un tocadiscos de acetatos ambientaba la celebración. Animada por las niñas, Angelita cruzó la pista de baile y se dirigió al muchacho dueño del tocadiscos, encargado de complacer las peticiones musicales de los asistentes.

“El inicio fue que yo le fui a pedir la canción Los ojitos verdes. Le dije: ‘¿tiene Los ojitos verdes?’, me dijo ‘no los tengo, pero me los pongo’. Sí puso el disco pero nomás me vaciló. Me acuerdo que las muchachas me preguntaron que si no me gustaba el de la música, yo les dije que no: ‘¿para qué quiero a ese gordo panzón?’ Mi error haberles dicho eso porque él fue mi marido. Esa fue la primera vez que lo vi y duré mucho tiempo sin verlo”.

Antes de cumplir 15 años, un día Angelita se dirigía a lo que hoy es el parque de Atenquique, a recoger agua de los bejucos –planta-, cuando volvió a encontrarse al dueño del tocadiscos.

“Pasaron como seis meses que no lo vi. Dije ‘éste ya me vaciló’. Después lo vi de nuevo, más flaco, y me dijo que estaba enfermo, que lo habían operado. En ese tiempo nos hicimos novios”.

Pedro Díaz Candelaria era el nombre del joven risueño, oriundo de Zapotlán.

“¿Zapotlán? Yo no conocía más que Atenquique y Huescalapa. Yo escuchaba Zapotlán y me imaginaba una cosa como muy grande. Mi papá nos platicaba mucho de Guadalajara, él era un señor muy alegre que tenía un radio chiquito y tocaban el Son de la Negra, el Jarabe tapatío y la de Guadalajara. Se agarraba baile y baile como un trompo. Esa de Guadalajara le encantaba. Yo le preguntaba, ‘papá, ¿por qué te gusta tanto esa canción?’. Él me decía ‘hija, si conocieras Guadalajara, es bien bonito’.

A un mes de comenzar a ser novios, Pedro se presentó en la casa de la familia Arteaga Anguiano, acompañado del cura de Atenquique, para pedir la mano de la hija primogénita. El hecho “cayó como balde de agua fría” a sus padres, narra Angelita.

“Mi papá dijo ‘estás muy chica. Yo estoy muy pobre pero te puedo comprar una máquina para que te enseñes al corte bien y de algún modo, pero si tú te quieres casar no te detengo’. Después mi mamá me dijo ‘tú crees que el matrimonio es cosa fácil, y no'”.

Con 15 años recién cumplidos, Angelita atisbó Zapotlán por primera vez el día de su boda. Esa tarde de 1961 se casó en catedral, ahí conoció las veneradas imágenes de la sagrada familia.

Hoy, 23 de octubre, 55 años después y acompañada por sus 10 hijos, Angelita recibe en su casa a las mismas imágenes y al mar de personas que buscan agradecer, implorar o también ser elegidas por San José.

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Angelita Arteaga Anguiano, la elegida por San José. Foto: Cristian Rodríguez Pinto.

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