Cristian Rodríguez Pinto

El llano sigue en llamas… pero las autoridades lo niegan

Zapotlán el Grande, México.

Cristian Rodríguez Pinto

Nadie sabe a ciencia cierta en dónde nació Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno. Sayula, Tuxcacuesco y San Gabriel son municipios vecinos en el sur de Jalisco que se disputan el lugar de nacimiento, debido a declaraciones en vida del escritor y por poseer actas de nacimiento.

“Eran lugares tranquilos, pero el hombre no lo era”, explicó Juan Rulfo a Joaquín Soler, en una entrevista para Radio y Televisión Española en 1977.

“Al hombre le había gustado el asalto, el allanamiento, la violación, la violencia”, describió el escritor con pesadez a la zona en la que transcurrió su infancia. “Podía surgirle la violencia en cualquier instante”.

Al abuelo materno de Juan Rulfo lo colgaron de los pulgares en Apulco, Tuxcacuesco, en 1915, y a su padre, ‘Cheno’, lo asesinaron al dispararle por la espalda en una brecha rumbo a San Pedro Toxín, Tolimán, en 1923, según documentó Roberto García Bonilla en el libro Un tiempo suspendido (Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2009).

A lo anterior se sumaron constantes atracos, extorsiones y enfrentamientos armados que hostigaban a los habitantes de la zona, los cuales se agudizaron con la rebelión cristera.

El entorno violento marcó la vida y obra del escritor e influyó para que los Pérez Rulfo Vizcaíno se refugiaran en Guadalajara.

Hoy, los gobiernos de Sayula, Tuxcacuesco y San Gabriel —tres de los municipios que forman parte de la llamada ruta rulfiana— sostienen que en sus territorios se pueden encontrar los paisajes naturales y sociales que inspiraron Pedro Páramo y El llano en llamas. Pero hay otro elemento que niegan: la violencia.

Los habitantes y las cifras los desmienten.

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Cruce de calles en Sayula. Foto: Cristian Rodríguez Pinto.

Las estadísticas de desaparición que no coinciden en Sayula

En medio de un páramo, una mujer llora mientras saca de una fosa a su hijo muerto. A su costado, un pergamino contiene 33 cruces, cada una acompañada por el nombre. Es una pintura conocida como El Muro de la Paz que está en el atrio de la parroquia del municipio de Sayula.

“Son nombres de personas que fueron asesinadas violentamente”, explica el párroco José Sánchez Sánchez, autor intelectual de la obra que fue inaugurada el 11 de julio de 2012.

El Muro de la Paz también contiene los nombres de personas desaparecidas en Sayula de 2006 a 2012. El pergamino contabiliza siete -Antonio García López, Ángel Torres Paniagua, Olivia Magaña Mendoza, Víctor Gabriel Barajas Juárez, Jaime Arturo González, Juan Manuel Meza y Guillermo Alvarado V.- pero el número no coincide con la estadística del Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas (RNPED) del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP), que sólo contempla a una persona desaparecida en dicho periodo.

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El Muro de la Paz en Sayula. Foto: Cristian Rodríguez Pinto.

“Actualmente Sayula no es seguro. La policía sí anda haciendo sus rondines, pero ha habido casos en los que se les ha salido de control”, dice Lorena Gutiérrez Hernández, ama de casa e integrante de la Comisión por la Paz de Sayula, conformada por laicos que fueron asesorados por el padre Sánchez Sánchez y que ofrece apoyo espiritual a familiares de víctimas.

En marzo de 2013, fue encontrado el cuerpo de Candelario Domínguez Rodríguez, escolta del ex gobernador Emilio González Márquez, repartido en 27 bolsas de plástico que fueron arrojadas entre los kilómetros ocho y nueve de la carretera Sayula-San Gabriel.

La Comisión por la Paz de Sayula documentó 22 víctimas de ‘levantamientos’ sólo en junio de 2014; de éstas, seis personas fueron encontradas muertas, una apareció con vida y 15 siguen desaparecidas, dato que contrasta con los registros del RNPED, que sólo consigna cuatro víctimas de desaparición en ese año.

En lo que va de la administración del gobernador priista Aristóteles Sandoval Díaz, el SNSP tiene registrados dos homicidios dolosos con arma de fuego, una violación sexual y 11 personas desaparecidas en este municipio de 36 mil habitantes.

Tuxcacuesco: a la cuenta del ‘patrón’

Vine a Tuxcacuesco porque me dijeron que allá vivía mi padre”, reza la primera línea de uno de los borradores de Pedro Páramo. La novela, cuyo protagonista es un cacique, se desarrolla en un pueblo abandonado y más caluroso que el infierno.

En la vida real, el calor de Tuxcacuesco es sofocante aun bajo la sombra y es uno de los 15 municipios más despoblados de Jalisco, con sólo 4 mil 229 habitantes.

Según la encuesta Intercensal 2015 del INEGI, existe un habitante por cada seis hectáreas en el municipio. Ahí se ubica el Museo Juan Rulfo, un recinto no más grande que una casa promedio, cuya entrada está rodeada de bugambilias y tiene en su interior una sala, algunas fotografías enmohecidas, vasijas, figuras de barro, libros, así como una pantalla de plasma.

En la cabecera municipal, resguardada por nueve policías, personas entrevistadas narran de manera anónima que hace cuatro años era común ver a hombres pedir fiados botellas de vino y paquetes de cervezas.

Los mismos sujetos también acudían a una gasolinera llamada Servicio El llano en llamas, S.A. de C.V., a pedir galones de combustible prestados.

Su forma de crédito era muy particular: mencionar al patrón.

“Ahí viene el patrón. Cuando se vaya te lo pagamos”, decían.

Aun cuando Tuxcacuesco tiene una población ocho veces menor a la de Sayula, este árido municipio —donde proliferan agaves y tomates cherry— lo supera en las estadísticas de la Secretaría de Gobernación, con 15 desapariciones ocurridas desde 2013.

Quizás por eso cuentan que nunca nadie se atrevió a cobrarle a los morosos.

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Museo Juan Rulfo en Tuxcacuesco. Foto: Cristian Rodríguez Pinto.

San Gabriel, cuando la plaza se calienta

El municipio de San Gabriel es el centro de un asterisco de carreteras en el sur de Jalisco. Es un punto por el que pasan quienes vienen y van por la libre a Colima, Autlán, Tapalpa, Sayula y Ciudad Guzmán.

En este lugar, enclavado en la cordillera del Nevado de Colima, la tranquilidad se rompió a finales de 2012. El hecho violento más difundido en ese momento fue la desaparición de siete hombres en el poblado de Jiquilpan, algunos de ellos jornaleros.

De acuerdo con Proceso, las autoridades estatales atribuyeron éste y otros levantamientos a la disputa del estratégico territorio entre tres grupos del crimen organizado: el Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG), los Caballeros Templarios y la Familia Michoacana.

“Se decía que en la plaza estaban unos michoacanos. Uno ya los conocía: se paseaban por el pueblo en sus camionetas. Pero después empezó lo difícil, ya no sabía uno quien era quién. A las nueve de la noche todo mundo se metía a su casa”, relata un poblador a cambio del anonimato.

En los datos de Gobernación no hay registro de homicidios en San Gabriel, pero sí de 10 desapariciones en 2013, cuatro en 2014 y dos en 2016, además de una violación sexual el año pasado.

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Calle en San Gabriel. Foto: Cristian Rodríguez Pinto.

En los tres municipios rulfianos y los 12 que los rodean —Amacueca, Atoyac, Autlán, Cuautitlán, El Grullo, El Limón, Gómez Farías, Tapalpa, Tolimán, Tonaya, Zapotitlán y Zapotlán— habita apenas el 3.6% de la población de Jalisco, pero en esa zona se han perpetrado el 6.6% de las mil 650 desapariciones totales de la administración de Sandoval Díaz.Desapariciones en Jalisco registradas en el SNSP

Según el RNPED, Jalisco sólo es superado por el Estado de México con tres mil 369 y por Tamaulipas con cinco mil 689 personas registradas como desaparecidas.

Un miembro del colectivo Por Amor a Ellxs —conformado por personas que buscan a desaparecidos en Jalisco— asegura que las familias de los municipios rulfianos no se atreven a denunciar por miedo a represalias y trae a la memoria un hecho críptico sucedido en 2015: “acuérdate del 1 de mayo cuántos bloqueos hubo por allá”.

‘Narcobloqueos’ en tierra de Rulfo

El 1 de mayo de 2015 Jalisco fue una hoguera. Desde la madrugada, fuerzas federales se movilizaron con el objetivo de capturar a Nemesio Oceguera Cervantes, “El Mencho”, identificado como líder del CJNG.

Aquel viernes negro aconteció un suceso inédito en la historia del país y de la guerra contra el crimen organizado: un grupo armado derribó un helicóptero del Ejército Mexicano.

El Cougar EC725 en el que viajaban 16 soldados y policías federales se desplomó en Villa Purificación, municipio ubicado en la costa sur de Jalisco, a 135 kilómetros de Tuxcacuesco y 250 de Guadalajara. Nueve tripulantes fallecieron.

El saldo del primer día de la llamada Operación Jalisco fue de nueve muertos, 19 heridos, múltiples bancos incendiados y más de 50 bloqueos carreteros. Una quinta parte de los bloqueos se registró en la zona rulfiana y los municipios colindantes, según reportaron diferentes medios de comunicación.

“El grupo delincuencial responsable de los hechos de hoy será desarticulado, como ocurre con las demás organizaciones del crimen organizado”, dijo el presidente Enrique Peña Nieto aquella noche en Twitter, sin mencionar a ningún cartel.

Dos años después, “El Mencho” sigue en el top tres de los más buscados por la DEA.

Sólo autoridades de Sayula reconocen la violencia

El alcalde de San Gabriel, Cesar Rodríguez Gómez, argumenta que la desaparición de personas y otros delitos cometidos en este municipio de 16 mil habitantes, son sólo ‘destellos’.

No son personas de San Gabriel las que estuvieron en un momento inmiscuidas en actos violentos”, explica.

Sobre su estrategia de seguridad, dice que en vez de preocuparse por comprar más armamento para sus 15 policías municipales, se enfoca en que los más de 4 mil jóvenes gabrielenses tengan oportunidades de estudio, acceso a la cultura y empleo.

En el ex convento de las madres josefinas, lugar donde Rulfo estudió de septiembre de 1925 a agosto de 1926 —cuando los cristeros tomaron San Gabriel—, el seminarista Ezequiel Suárez Ruiz relata que el ayuntamiento organiza conciertos y festivales para mejorar la imagen del municipio.

Sin embargo, señala que las iniciativas no llegan a poblaciones como Apango, El Jazmín, Alista o Totolimixpa donde la tranquilidad está frágilmente controlada. “Es difícil cambiar la cultura de lo inmediato, de lo fácil, entre algunos jóvenes”, dice.

En Tuxcacuesco, el director de cultura, Mauricio Llanos Alcaraz, asegura que quienes vengan a celebrar el centenario del natalicio de Rulfo constatarán que Pedro Páramo está inspirada en el lugar. Pero niega que persista violencia.

“No se parece al Tuxcacuesco al que Rulfo le tocó vivir con la revolución y la guerra cristera. La violencia inspiró al autor, pero actualmente sólo quedan recuerdos y esas obras que nos ha dejado”, afirma.

El alcalde de Sayula, Jorge Campos Aguilar, es el único funcionario que admite la vigencia de acontecimientos violentos en Sayula y en la región. Dice que negarlos sería intentar tapar el sol con un dedo.

“La violencia está, de acuerdo a mi criterio, en una forma galopante. Pero en todas las partes, no nada más en la región (…) Creo que la violencia actual supera por mucho la crisis de hace cien años”, señala.

Aun cuando en Sayula hay 29 policías, uno por cada mil 200 habitantes, Campos Aguilar dice que la población siente tranquilidad debido a que en la localidad se encuentra el cuartel del noveno batallón de infantería.

Desde su oficina, al interior de la casa parroquial de Sayula, equipada con un sistema de cámaras de seguridad, Sánchez Sánchez lamenta la desaparición y asesinato de más de 21 personas en el municipio desde 2013 a la fecha.

“El pergamino en el muro de la Paz tendrá que extenderse”, dice mirando al cielo.

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Cristian Rodríguez Pinto

La elección de San José (primera parte)

Zapotlán el Grande, México.

Cristian Rodríguez Pinto

Un rancho. Piso de tierra por donde pasean las gallinas, paredes de maderos, tejas de barro; adentro pintado de tizne, por fuera cercado por magueyes mansos, enormes. Se rezaba antes de tomar canela, se tomaba canela antes de ir a la cama y se dormía al tiempo que el Sol se escondía detrás de los cerros, entre el canto de los grillos, acurrucados bajo el manto estelar.

Paz. Paz en el poblado Las Guácimas, municipio de Tamazula de Gordiano, Jalisco, en 1958.

“Es muy bonito vivir en un rancho. A nosotros los hermanos no nos apuraba nada. Nosotros nomás queríamos comer. Pero éramos seis y a mi papá se le hacía muy pesado”.

Angelita Arteaga Anguiano era la hija mayor del matrimonio entre María Trinidad Anguiano Preciado y Reyes Arteaga Arriaga. Tenía 12 años. “Ya va a salir el lucero. Vámonos levantando’, decía mi papá. Antes de las siete de la mañana mi mamá ya le tenía su canastón de tortillas recién hechas. También le daba frijoles o blanquillos y se los llevaban en un morral en servilletas de tela”, recuerda Angelita, quien se quedaba a cuidar a sus cinco hermanos, todos menores.

En ocasiones, cuando su mamá se quedaba en casa, Angelita podía ir a una escuela primaria en la que solamente había un maestro. La primogénita estudió hasta tercero de primaria. En cambio, cinco años atrás, había caminado cada sábado por un sendero a Las Tempranillas, un poblado donde había un centro de oración -y de vez en cuando oficiaba misa un sacerdote de Tecalitlán- para prepararse sacramentalmente.

Yo me acuerdo que hice mi primera comunión con un vestido rojo. Algunas sí llevaban vestido blanco pero, las que no teníamos, íbamos del color que fuera. Yo tenía siete años cuando hice la primera comunión, la confirmación había hecho antes. Así lo confirmaban a uno, después del bautismo. Yo no me acuerdo”.

Alrededor de Las Guácimas había pozos de agua zarca por doquier, recuerda Angelita. La población no superaba los 50 habitantes, pero pronto disminuiría.

Se decía que iban a hacerse casas en Peña Colorada –municipio de Minatitlán, Colima-, que las iban a regalar y a repartir trabajo allá. Mi papá decía: ‘el agua va pa abajo y yo me voy pa abajo’. Un lunes santo llegamos a Atenquique con una tía, hermana de mi mamá. Estuvimos toda la semana mayor con ella. Mi papá estaba esperando a que pasaran los días santos para irnos. Íbamos a abordar el tren y nos íbamos a bajar hasta donde llegara”.

Al terminar la semana santa, el primer tren que pasó por Atenquique con dirección a Manzanillo, Colima, no fue abordado por la familia Arteaga Anguiano; Angelita, sus padres y hermanos, se quedaron a vivir en un rancho de láminas que les consiguió su tía, prestado, enclavado entre el río y la vía férrea.

En Atenquique, un pueblo de unos 300 habitantes con una fábrica de papel en ciernes, las tres hermanas y dos hermanos menores iban a la primaria mientras que Angelita y la señora María Trinidad torteaban –realizaban tortillas- a mano. Con entonces 13 años, apenada por sentirse grande, la hija mayor no volvería a asistir a la escuela.

A mí se me hacía bonito el mundo. Tenía otra tía, hermana de mi papá, y me gustaba mucho ir a su casa y quedarme a dormir ahí. Ella me decía: ‘fui a la presa y me traje una bola de queso, ¿no quieres?’ Yo me imaginaba la presa de agua y el montón de bolitas de queso flotando en el bordo. Ahí me tenía comprada, feliz, yo con mi plato de frijoles con queso de la presa. En aquel tiempo ‘se amarraban los perros con longaniza’, decían: de todo se creía uno, todo lo que te decían era verdad”.

Asentados en Atenquique, llegado el verano, la familia Arteaga Anguiano caminaba más de 10 kilómetros al sur bordeando barrancas. Subían un cerro ubicado frente a El Platanar, municipio de Tuxpan. Ahí estaba el rancho Las Taunas, donde el señor Reyes consiguió empleo como labrador.  

Nos quedábamos al pie de una cueva. Mientras mi papá y mi mamá limpiaban la milpa yo me quedaba a hacer las tortillas. En la cueva no había nada, era una cueva grandota con más cuevitas chiquitas. En tiempo de lluvias, a mi papá le pasaban ecuaros –terrenos- para que sembrara. Haz de cuenta que era un cerro, y luego ya quemaban y sembraban, y ya salía la milpa y había que limpiarla, eso hacía yo”.

De julio a agosto, Angelita se levantaba al salir el Sol para encargarse de la limpieza en la cueva, su casa temporal. Molía maíz y preparaba frijoles para sus padres y hermanos. Por la tarde acompañaba al señor Reyes y a la señora María Trinidad a recolectar calabacitas, pepinos y ejotes, o a quitar zacate de los surcos. Los tiempos, dice, casi no eran libres ya que siempre había algo por hacer.

Al estar en Atenquique, un día Angelita fue a una fiesta de quince años en la que participó como acompañante de la festejada –la tradición era que 14 niñas acompañaran a la quinceañera durante misa y convite.

Debajo de un tejabán, una mesa con un tocadiscos de acetatos ambientaba la celebración. Animada por las niñas, Angelita cruzó la pista de baile y se dirigió al muchacho dueño del tocadiscos, encargado de complacer las peticiones musicales de los asistentes.

“El inicio fue que yo le fui a pedir la canción Los ojitos verdes. Le dije: ‘¿tiene Los ojitos verdes?’, me dijo ‘no los tengo, pero me los pongo’. Sí puso el disco pero nomás me vaciló. Me acuerdo que las muchachas me preguntaron que si no me gustaba el de la música, yo les dije que no: ‘¿para qué quiero a ese gordo panzón?’ Mi error haberles dicho eso porque él fue mi marido. Esa fue la primera vez que lo vi y duré mucho tiempo sin verlo”.

Antes de cumplir 15 años, un día Angelita se dirigía a lo que hoy es el parque de Atenquique, a recoger agua de los bejucos –planta-, cuando volvió a encontrarse al dueño del tocadiscos.

“Pasaron como seis meses que no lo vi. Dije ‘éste ya me vaciló’. Después lo vi de nuevo, más flaco, y me dijo que estaba enfermo, que lo habían operado. En ese tiempo nos hicimos novios”.

Pedro Díaz Candelaria era el nombre del joven risueño, oriundo de Zapotlán.

“¿Zapotlán? Yo no conocía más que Atenquique y Huescalapa. Yo escuchaba Zapotlán y me imaginaba una cosa como muy grande. Mi papá nos platicaba mucho de Guadalajara, él era un señor muy alegre que tenía un radio chiquito y tocaban el Son de la Negra, el Jarabe tapatío y la de Guadalajara. Se agarraba baile y baile como un trompo. Esa de Guadalajara le encantaba. Yo le preguntaba, ‘papá, ¿por qué te gusta tanto esa canción?’. Él me decía ‘hija, si conocieras Guadalajara, es bien bonito’.

A un mes de comenzar a ser novios, Pedro se presentó en la casa de la familia Arteaga Anguiano, acompañado del cura de Atenquique, para pedir la mano de la hija primogénita. El hecho “cayó como balde de agua fría” a sus padres, narra Angelita.

“Mi papá dijo ‘estás muy chica. Yo estoy muy pobre pero te puedo comprar una máquina para que te enseñes al corte bien y de algún modo, pero si tú te quieres casar no te detengo’. Después mi mamá me dijo ‘tú crees que el matrimonio es cosa fácil, y no'”.

Con 15 años recién cumplidos, Angelita atisbó Zapotlán por primera vez el día de su boda. Esa tarde de 1961 se casó en catedral, ahí conoció las veneradas imágenes de la sagrada familia.

Hoy, 23 de octubre, 55 años después y acompañada por sus 10 hijos, Angelita recibe en su casa a las mismas imágenes y al mar de personas que buscan agradecer, implorar o también ser elegidas por San José.

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Angelita Arteaga Anguiano, la elegida por San José. Foto: Cristian Rodríguez Pinto.

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Cristian Rodríguez Pinto

La falla borrada de Zapotlán

Zapotlán el Grande, México. 

Cristian Rodríguez Pinto

“Dios bendiga nuestro hogar”, demanda la placa de yeso colgada en una pared blanca, la que se cimbra cada que pasa el tren a 130 metros de distancia. Es la fachada de la casa de dos recámaras que habitan Claudia, su esposo, y sus tres hijos aún infantes. Es la colonia La Primavera II, al suroeste de Ciudad Guzmán, municipio de Zapotlán el Grande, Jalisco.

“Así se siente cada que pasa el tren, unas dos o tres veces al día. Pero se nota más cuando el tren pasa muy cargado”, des­cribió la mujer que habita una de las 247 casas de este fraccionamiento, inaugurado en agosto del 2014 por la Constructora ROASA S. A. de C. V.

Fraccionamientos La Primavera I y II

Fraccionamiento La Primavera II. Foto: Cristian Rodríguez Pinto. 

“¿Alguna vez ha escuchado algún comentario sobre una falla geológica cercana a su vivienda?”, se le preguntó a Claudia. Ella al igual que Guillermo Cobián, Manuel Magallón –presidente y vicepresidente de la colonia, respectiva­mente- y otros cinco vecinos entrevis­tados, respondieron que no.

En noviembre del 2006 se publicó el Atlas de Peligros Naturales del Municipio, un trabajo realizado en conjunto por la Secretaría de Desarrollo Social (SEDE­SOL), el Ayuntamiento de Zapotlán el Grande –encabezado por el entonces alcalde Humberto Álvarez González, del PRI- y la empresa Temblores, Similares y Conexos S. A. de C. V. En el documento, que puede consultarse en la página web del Ayuntamiento, se identificaron 92 puntos de peligro a causa de tormentas y por la presencia de fallas geológicas en Ciudad Guzmán.

En dicho Atlas se advirtió la presencia de seis fallas geológicas de diferente longitud en la ciudad. La más extensa y visible es una en diagonal, que parte la ciudad en dos. Se extiende desde un predio ubicado frente al Centro de Bachillerato Tecnológico Industrial y de Servicios 226 –al noreste de la ciudad- hasta un predio al oeste de la autopista 54D, Guadalajara-Manzanillo, unos dos kilómetros al norte del Instituto Tecnológico de Cuidad Guzmán –al suroeste de la ciudad-. El 20 de sep­tiembre del 2012 esta falla presentó un hundimiento que provocó un microsismo y dejó ocho viviendas inhabitables y cinco más con daños menores en las calles Ig­nacio Mejía y Manuel M. Diéguez.

El Atlas de Peligros Naturales del Zapotlán, edición 2006, señaló que dicha falla geológica atraviesa el terreno en el que hoy se encuentra la colonia La Primavera II, entonces no edificada.

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Fragmento del Atlas de Peligros Naturales del Municipio de Zapotlán el Grande, edición 2006. Falla: línea roja. 

Durante la administración municipal 2012-2015, cuyo titular fue el hoy coordinador de los diputados jaliscienses del PRI en el Palacio de San Lázaro, José Luis Orozco Sánchez Aldana, el Ayuntamiento realizó un Plan Parcial de Desarrollo Urbano (PPDU), mismo que publicó en junio del 2013. Este Plan, que se adjudicó en solitario el Gobierno Municipal, ya incluía trazos de las calles del fraccionamiento La Primavera II así como las fallas con­templadas en el Atlas de Peligros Natura­les 2006, con una excepción: la falla que según el Atlas 2006 atravesaba La Primavera II en el PPDU 2013 termina en la calle San Cornelio de la colonia La Providencia, unos 300 metros al norte de La Primavera II. Es decir, ya no se señaló presencia de falla en el terreno de La Primavera II.

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Fragmento del Plan Parcial de Desarrollo Urbano Zapotlán el Grande, edición 2013. Falla: línea amarilla.

Cinco meses después de la publicación del PPDU, la Coordinación de Supervisión y Dictami­nación Técnica de la Unidad Municipal de Protección Civil y Bomberos del Municipio (UMPCB) otorgó su visto bueno a la factibilidad de urbanización de los 247 lotes del fraccionamiento La Primavera II en la Licencia de Urbanizacion DU1175/11/2013La Primavera IIdirigida al ingeniero Juan Antonio Aceves, representante de Constructora ROASA, documento que puede consultarse en la web del Ayuntamiento.

El artículo 17° del Reglamento de Cons­trucción vigente del municipio de Zapotlán, elaborado por el Colegio de Ingenieros Civiles del Sur del Estado de Jalisco y el Departamen­to de Obras Públicas de la administración 1997-2000 -entonces dirigida por Lázaro Cárdenas Jiménez, del PAN- señala:

“Queda a jui­cio de la Dirección (de obras públicas), el otorgamiento o restricción de licencias de construcción en las zonas consideradas de riesgo por la afectación de fenómenos tales como fallas geológicas, zonas inunda­bles, suelos colapsables o inestables (…)”

En entrevista, la arquitecta Elsa Aldana Ornelas, coautora del PPDU 2013 mientras fue subdirectora de Pla­neación de la dirección de Obras Públicas de Zapotlán del 2006 al 2015, explicó la inconsistencia:

“Para poder autorizar el desarrollo en La Primavera I y II se man­daron hacer estudios especializados de la totalidad del terreno y se determinó por dónde pasaba la falla. -La falla- no pasa sobre las colonias -La Primavera I y II-, se desvía en el área de donación y pasa por un costado. El área de donación es la que está sobre la curva, frente al libramiento”. Y agregó: “La parte que está sobre la falla no tiene autorización de cons­trucción. Se tienen que hacer obras de mitigación del riesgo a los costados del eje. No puedes construir sobre ella. La falla, como los arroyos, no se puede tocar”.

Aldana Ornelas hoy es jefa de la Unidad Metropo­litana Municipal de la Zona Metropolitana del Sur de Jalisco, que conforman Gómez Farías, Zapotiltic y Zapotlán el Grande.

Por su parte, el encargado de la revisión del atlas de riesgos y auxiliar de la Coordinación de Supervisión y Dictaminación Técnica de la UMPCB, Salvador Jiménez Pérez, declaró en entrevista que la autorización de urbanización otorgada en 2013 a la Constructora ROASA fue un caso especial:

“Se tenían dudas. -La falla- llegaba visiblemente hasta la avenida Pedro Ramírez Vázquez, pero el Atlas que se encuentra en internet -Atlas 2006- sí marca más abajo. Se le pidió al contratista encargado de la obra que realizara un estudio general de riesgos y otro de geotecnica. Se hicieron los estudios. (…) Se dictó la factibilidad y se realizó la obra porque los estudios no arrojaron nada”, declaró.

El oficio CS-0434/2013, “Factibilidad en Predio La Primavera II”, con fecha del 05 de agosto del 2013, firmado por el entonces Coordinador de Supervisión y Dictaminación Técnica de la UMPCB, Paul Zamora Ruiz, dice:

“El Dr. en geofísica Juan José Ramírez Ruiz, desplegando un estudio de prospección geofísica mediante resistividad y magnetometría en predio La Primavera II, ubicado en Ciudad Guzmán, Jalisco, para detección de fallas y fracturas, argumentó: ‘al menos en los primeros 80 metros de profundidad no se aprecia presencia de fallas o fracturas que se encuentren en el área de estudio y que pudiera mag­nificarse con un nivel freático superficial que incluya sobre los asentamientos desplantados en el área del predio La Primavera II”.

Factibilidad La Primavera II

Jiménez Pérez explicó que los estu­dios de campo de la UMPCB ‘tampoco’ encontraron rastro físico evidente de la falla “más allá del predio ubicado frente a La Primavera II, antes de cruzar el libramiento”.

Se le preguntó si era posible acceder al Atlas de Peligros Naturales de Zapotlán edición 2015, aprobado en cabildo el 21 de diciembre de dicho año, pero respondió que no era posible porque “se le están realizando modificacio­nes”.

El reportero accedió al Atlas de Peligros y Riesgos Natuarales Zapotlán 2015, capitulo IV vía transparencia. El documento, realizado por el Instituto de Información Estadística y Geográfica de Jalisco (IIEG), reitera lo que la SEDATU había señalado en el 2006 y que el Ayuntamiento de Zapotlán negó en 2013: la falla geológica que atraviesa Ciudad Guzmán de noreste a suroeste, y que hace cuatro años dejó ocho viviendas inhabitables, atraviesa el recién construido fraccionamiento La Primavera II.

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Fragmento del Atlás de Peligros Naturales del Municipio de Zapotlán el Grande, edición 2015. Falla: línea roja. 

En entrevista, el arquitecto Edgar Moreno Orendain, miembro de Constructora ROASA, cali­ficó de ‘impreciso’ al Atlas del Peligros Naturales de Zapotlán el Grande 2006 y aseguró que la inmobiliaria toma en cuenta los factores de riesgos naturales antes de construir. Puso como ejemplo al fraccionamiento Los Camichines –al oeste de la ciudad-, cuya primera etapa de 325 viviendas fue inaugurada el pasado mes de abril y está separada de la futura segunda etapa por el arroyo Los Guaya­bos: “Aquí tuvimos que respetar el cauce natural del arroyo porque, si tú lo desvías, con el tiempo -el agua- vuelve a agarrar su cauce”.

Según el periódico El Sur, Constructora ROASA ha edificado 11 fraccionamientos en los últimos 12 años en Ciudad Guzmán, los que suman un total de tres mil 575 viviendas.

Irregular crecimiento urbano

El Plan de Desarrollo Municipal (PDM) con el que opera la administración 2015-2018, dirigida por Alberto Esquer Gutiérrez, de MC, señala que el 42.47% de las colonias de Zapotlán no están regularizadas.

En No sin nosotros (Era, 2005), el escritor y periodista Carlos Monsiváis documentó que el terremoto de 8.1 grados en Escala de Richter del 19 de septiembre del 1985, y las sucesivas réplicas, además de azotar la Ciudad de México, causaron 32 muertos, más de 900 heridos y alrededor de 320 familias damnificadas en Ciudad Guzmán. Para Aldana Ornelas, ese desastre natural fue el punto de partida del irregular crecimiento urbano de la ciudad.

“Después del terremoto del 85 hubo muchos apoyos para desarrollar vivienda. Como no estaban empatadas la regu­larización urbana y la de tenencia de la tierra se iban generando desarrollos en zonas ejidales y las personas no tenían una certeza jurídica de su propiedad”, dijo.

“Se vendieron terrenos a los que les faltaba infraestructura: agua potable, drenaje, electricidad. –Ahora- no podemos entrar a esas colonias con equipamiento porque no tenemos la escritura. No podemos bajar recursos para ejercer dentro de esas áreas porque eran ejida­les, o no están expropiadas, o están en proceso de expropiación. Ahora se está buscando eso: empatar estas cuestiones urbanas con las cuestiones de la tenencia de la tierra”, argumentó la jefa de la Unidad Metropolitana Municipal.

Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), de 1990 al 2015 la cantidad de viviendas particulares habitadas en Zapotlán el Grande incrementó 66.56% al ir de 14 mil 864 a 24 mil 758. Dicho crecimiento inmobiliario rebasó al incremento poblacional, que fue de 42.16%: pasó de 74 mil 68 a 105 mil 301 habitantes –98% viven en la cabecera municipal, Ciudad Guzmán, y 2% se distribuyen en las localidades de El Fresnito, Atequizayán y la colonia El Fresno- según la misma institución.

La Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (SEDATU), en su Programa Sectorial 2015-2018, explicó que el crecimiento “desordenado y descontrolado” de las zonas urbanas de México es el resultado de “la migración masiva del campo a las ciudades”, las que “no se encontraban preparadas para recibir dichos flujos migratorios”.

El documento de la SEDATU advierte que el crecimiento urbano descontrolado provoca el alejamiento de las zonas resi­denciales, industriales y comerciales de una ciudad, lo que, aunado al “descuido de la oferta de transporte público de calidad y la provisión de la infraestructura peatonal y ciclista”, propicia el uso del automóvil, tal como ya se observa en Ciudad Guzmán.

En el 2010 la ciudad con mayor índice de motorización -proporción vehículos de motor/habitantes- en México era Tijuana, con 0.33 autos por habitante, señaló la SEDATU. Sin embargo, según el INEGI, en 2010 Zapotlán tenía una población de 100 mil 534 personas y un parque vehicular de 36 mil 281 automóviles, lo que arrojaba un nivel de motorización de 0.36 vehículos por habitante, más motorización que en Tijuana.

Para el 2015 la población de Zapotlán era de 105 mil 301 personas, según el INEGI, y el parque vehicular registrado por la Dirección de Tránsito y Movilidad Municipal ya era de 50 mil 35 vehículos: 0.47 vehículos por habitante, casi un auto por cada dos personas.

Aldana Ornelas argumentó que la elevada mo­torización de Ciudad Guzmán “se debe a la cultura, no a la estructura”, pues “la ciudad aún es compacta”. Y sobre el de­sarrollo inmobiliario añadió: “Ahora que sí existe un Plan de Desarrollo Municipal, si vemos alguna acción urbana que se está desarrollando y no cuenta con permisos, se clausura, se notifica, se sanciona y se sigue todo un proceso. La intención es que el desarrollo urbano sea ordenado”.

El Gobierno de Zapotlán el Grande y el IIEG trabajan en el Pro­grama Municipal de Desarrollo Urbano, documento que según Aldana Ornelas, “busca alinear el Atlas de riesgos, los programas de Ordenamiento Ecoló­gico y Territorial”, además de trascender hasta la próxima administración.

Así, mientras Claudia, al igual que muchos de sus vecinos, sigue pagando a gotas alrededor de 420 mil pesos por su casa seriada, con piso de cemento –tal como las entregó Constructora ROASA-, temblorosa y construida sobre una falla geológica en una región históricamente sísmica, la ciudadanía de Zapotlán puede asistir a presenciar las reuniones de trabajo entre el IIEG y el Gobierno Municipal. La próxima será el 15 de julio en la sala José Clemente Orozco de la presidencia municipal.

El Programa Municipal de Desarrollo Urbano resultante será integrado al Sistema de Información Geográfica Municipal, un software por el que la administración municipal de José Luis Orozco pagó un millón 109 mil pesos –según informó Radio Universidad Ciudad Guzmán en agosto del 2015-, y con el que el Ayuntamiento pretende agilizar los trámites de obras públicas, ordenamiento territorial y ecología para, por fin, lograr el control del crecimiento de la ciudad.

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Cristian Rodríguez Pinto

La bestia falsa de Zapotlán

Ciudad Guzmán, México.

Cristian Rodríguez Pinto

“La vamos a hacer porque la vamos a hacer”, le dijo su esposa, llorando, mientras le daba la bendición, el día que se despidieron. Mes y medio después, flaco, pestilente y fumando un cigarro, Rafael Lara Sandoval se encuentra aquí, bajo la sombra, afuera de la antigua estación del tren de Ciudad Guzmán, Jalisco, al occidente de México.

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Vagón abandonado en Ciudad Guzmán. Foto: Jonathan Aguirre Zúñiga.

Rafael

Departamento Villalobos 2, Corral número 12, es la dirección de su casa en Ciudad de Guatemala. “Nuestro país es pobre hermano, es pobre”, repite el señor de 50 años, quien, además de sus harapos, carga con la angustia de su familia. Imposible saber si con país se refiere a Guatemala o al sueño bolivariano de la gran nación: Latinoamérica.

“Los mareros allí están; todo el tiempo cobrando el impuesto, todo el tiempo pasa eso en Guatemala. No hay control”, se quejó.

Rafael vivía una precaria tranquilidad. Su panadería le dejaba en promedio 500 quetzales al mes (unos 65 dólares) con los que, dice, mantenía a su mujer y a sus tres hijos: la menor de seis años, la mediana de 14 y el mayor de 17. Un mal día las maras, impunes, empezaron a cobrarle derecho de piso. Al paso del tiempo la cuota se infló como pan en el horno. Cuando su derecho a vivir en paz llegó a costar 2,500 quetzales al mes (320 dólares), ante su ultimátum de muerte, Rafael se aferró a su fe y a La bestia.

Durante su paso por México Rafael ha vivido 4 asaltos. Su estreno fue en Huixtla, Chiapas, 60 minutos después de haber cruzado frontera con Guatemala; otro en Arriaga, Chiapas, y uno más en Medias Aguas, Veracruz, lugares que, en un comunicado de prensa emitido en abril del 2011, la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México (CNDH) identificó como “zonas (donde) se han documentado secuestros, maltratos, extorsiones, robos y ataques sexuales a migrantes”. Si en esos tres asaltos logró burlar a sus victimarios al esconder sus billetes en algún orificio de su cuerpo, no fue así en Orizaba, Veracruz, donde cuatro encapuchados lo bajaron del tren a media noche, mientras La Bestia dormía.

“Allí estaban los zetas, esperando, como lobos. Si uno no les paga, son capaces de tirarlo a uno del tren”, lamentó impotente.

Asalto de rutina: encontrado, encañonado, insultado, amenazado, bajado del tren, llevado a una casa. No lo soltaron hasta que le extrajeron su último centavo. Desde entonces, Rafael empuñó más fuerte los metales de la incertidumbre motorizada y ha sobrevivido a la hostil travesía gracias a la caridad de quienes se topa en el camino.

Hoy no tiene más dinero que el que juntó esta mañana pidiendo en el semáforo, afuera de un centro de atención telefónica que exhibe celulares cuyo precio permitiría a Rafael vivir dos meses con su familia, con todo y derecho de piso pagado.

“Lo que es Centroamérica y México es casi lo mismo: los maras y cuanta madre, pero Jalisco es un estado muy a toda madre”, dice Rafael, acompañando sus declaraciones con movimientos de manos que imprimen certidumbre a su discurso. La CNDH no cataloga al estado de Jalisco como zona de riesgo para los migrantes centroamericanos que buscan llegar a Estados Unidos, por el momento.

Aquí, en la antigua estación que hoy alberga oficinas del gobierno municipal de Zapotlán el Grande, se encontró a Carlos Soma Rodríguez, un albañil salvadoreño de 38 años de edad.

Carlos

Hasta hoy, miércoles 23 de abril del 2014, Carlos dice llevar 17 días desde que salió de su casa en Sonsonate, El Salvador. Después de una mala racha en la construcción, abordó el tren erguido a finales del siglo XIX por la Tropical Trading and Transport Company (después United Fruit Company), empresa estadounidense que monopolizó la producción y exportación de frutas tropicales en Centroamérica, en aquel entonces consideradas como exóticas. Las vías vienen desde Colombia; de sur a norte atraviesan Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala hasta penetrar a México por la selva chiapaneca.

Durante su viaje, Carlos pasó por la Ciudad de Guatemala; entró a México por Ciudad Hidalgo, Chiapas; tomó una combi a Tapachula y un camión a Arriaga, donde volvió a subir al tren. Pasó por Puebla, el D.F., Querétaro, Irapuato y Guadalajara.

“Yo no tengo prisa de llegar a los Estados Unidos, yo voy al paso de Dios”, dice Carlos, mostrando sus dientes amarillentos.

El viaje del sonsonateco ha sido mejor; no estuvo exento de asaltos pero supo dirigirse a casas de asistencia a migrantes en Arriaga, Medias Aguas, Irapuato y Guadalajara. Además, Carlos no tiene dependientes ni compromisos, lo que se refleja en su rostro optimista y despreocupado. En El Salvador dejó a sus padres y a nadie más, y va firme rumbo a Seattle para comprarse una troca. Hoy está aquí, recargado en las puertas de unas oficinas cerradas por ser miércoles santo.

Lugar erróneo

Ciudad Guzmán, municipio de Zapotlán el Grande, Jalisco, es un punto medio en la ruta ferroviaria que conecta a Guadalajara, Jalisco, con el puerto de Manzanillo, Colima, inaugurada el 12 de diciembre de 1908 por el entonces presidente Porfirio Díaz. Se encuentra a más de dos mil kilómetros al sur de Tijuana y a 130 km. de Guadalajara. Ambos inmigrantes se salieron de la ruta rumbo al Tepic, Nayarit, y llegaron aquí por error, engañados por unos indigentes.

“Lo que le dicen a uno en Guadalajara es: ‘ese va para el norte’. Nosotros lo agarramos y venimos a parar aquí”, explicó Rafael, estancado hace tres días en Ciudad Guzmán. Carlos, en cambio, dice haber llegado ayer en la noche.

Hoy por la mañana, el salvadoreño no paraba de dar gracias en la oficina parroquial del templo de San Isidro Labrador mientras una secretaria le regalaba un cambio de ropa usada. Salió y se encaminó rumbo a la vieja estación de ferrocarril. A cuanta persona se encontraba, se dirigía:

“¡Buen día hermano(a)! Venimos de El Salvador, vamos rumbo al norte. La madre nos acaba de dar esta ropa, pero al subir al tren nos podemos enredar y caer. ¿Tendrá alguna mochila de sobra, unos tenis o alguna moneda con la que nos puedas ayudar?” Junto a él iba un niño con los labios partidos por el Sol, al que Carlos identificaba como su sobrino.

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Vía férrea a su paso por Zapotlán. Foto: Jonathan Aguirre Zúñiga.

Anónimo

El reloj marcó las 15 horas y el niño no se despegaba de Carlos. Tenían parecido: los dos presentaban sobrepeso. El menor cargaba una sonrisa envidiable y era muy bueno evadiendo preguntas. Se llama Genaro, dijo viajar con su tío, y, contra cualquier predicción, el viaje le ha gustado. Tiene 14 años. De pronto, Carlos se levantó y de entre sus bolsas sacó una playera blanca con propaganda política, dijo que se la obsequiaron a su paso por Arriaga.

“Si tuviera credencial mexicana haría ganar a esos del PRI, por Dios, hermano”, juró eufórico mientras se probaba su prenda nueva.

No había terminado Carlos de presumir su playera cuando a la sombra de la estación llegó un joven. Cargaba una mochila rosa y traía la ropa corroída y colmada de aserrín. Como los vaqueros de las películas del viejo oeste, aventaba sus pasos hacia adelante y llevaba sus manos suspendidas en los costados como si estuviera listo para usar su revolver contra el oponente. Era delgado, de unos 30 años, y también presentaba quemaduras por el Sol. Incisivo, irrumpió.

“Pónganse vivos, vo, mirá que uno no debe andar confiando en estos locos, ¿me entendés?”, dijo el joven en voz baja dirigiéndose a Rafael y a Carlos. El niño miraba en silencio. El ambiente se puso tenso.

Carlos trató de apaciguar los ánimos, pero el joven lo interrumpió.

“Mierda, mirá que de nosotros no deben de saber nada. ¡Puta, vo! Ven que sufre uno, que no tiene trabajo, vo, y allí vienen a entrevistar a uno”, le dijo exaltado a Carlos y continuó desahogándose.

“¡Nos roban, loco! ¡Nos han robado todo el camino aquí en todo México! ¿Me entendés? Yo soy de la República de Nicaragua, asere, y mirá que, zarpá uno de allá, vo, y uno trae bolívares, dólares, quetzales y nos los roban”, dijo, mientras en su rostro rabioso escurría sudor.

Hubo otro silencio prolongado. El muchacho anónimo se apartó. Desde entonces Rafael permaneció callado. Carlos mencionó que había conocido al joven nicaragüense el día anterior, quien le contó que consiguió trabajo en un aserradero, donde corta leña. No dijeron su nombre.

Carlos volvió a levantarse del suelo, donde ya se había acostado, y confesó serio.

“Si no digo la verdá, hermano, Dios me puede castigar. Este niño no es mi sobrino. Este niño viene con el muchacho, él y el muchacho viven aquí. Hoy en la mañana yo me lo llevé a pedir una moneda para no dejarlo solo mientras el muchacho se fue a trabajar”. Y les fue bien. Carlos contó que él y Genaro habían ido a la iglesia catedral y que hablaron con un cura, quien prometió ayudarlos a comprar el boleto de autobús a Tepic, de unos 800 pesos mexicanos (61 dólares). Carlos, recobró su sonrisa.

“Más tarde volveremos a esa iglesia para encontrar al cura”, dijo. Al escuchar esto, Rafael, curioso, preguntó:

“Oye, hermano, ¿crees que ese sacerdote tenga tanta caridad como para echarme la mano a mí también y prestarme para el autobús a Tepic?”

Regresó el nicaragüense. Cargaba una bolsa de una tienda de autoservicio de la que sacó una lata de cerveza. Él, junto con Carlos, el Rafael y el niño Genaro, se trasladaron a otro lugar: una casa de tela entre matorrales, adornada con plástico y desechos, a las afueras de la ciudad. El olor a humedad y las moscas eran abundantes. Allí viven Genaro y el joven nicaragüense desde hace tres meses. Invisibles para la gente.

El joven no identificado se puso a jugar cartas con Carlos al tiempo que, de otra bolsa, sacó cuatro tortas. Dio una a Genaro, otra al señor Rafael, otra a Carlos y la última a un nuevo presente: tatuado, delgado y arrugado, quien permaneció callado todo el tiempo.

Es imposible saber el verdadero nombre del joven nicaragüense; es el líder del grupo y está en su territorio, un pedazo de soberanía perdida donde él es libre, donde él gobierna. Sin embargo, tras bajarle la mitad a una caguama, empieza a hablar.

“Puta, vo, que ¿qué es lo que más extraño?” Bajó su mirada y rio para disimular sus lágrimas.

“No te pongas a llorar hermano, que si te vas a poner a llorar me harás llorar a mí también”, lo consoló Carlos.

A Anónimo, las ilusiones que lo mantienen de pie son su vida, el trabajo, dejar de tomar y un día llegar a Canadá. Ciudad Guzmán no tiene parecido alguno con su lugar de origen y dice vivir muy tranquilo aquí.

Bajó sus cartas: par de reyes y par de reinas, ganó la partida. No piensa volver a subir a La Bestia, por un buen tiempo.

Finish”, dijo, ocultando su razón de salir de Nicaragua, mientras negaba con la cabeza y volvió a reír para enmascarar sus sentimientos.

“Si un día puedes ayudar al migrante, pon custodios en las vías para que cuiden nuestros derechos humanos”, sentenció Carlos, fue la última frase del día.  

La tarde del jueves 24 de abril una columna de humo blanco se levantó de aquella casa de desechos. Era Rafael Lara Sandoval con su cigarro. Sus mechones blancos se distinguían entre la maleza. Tal vez el cura de catedral no lo ayudó, tal vez Rafael no lo encontró o, tal vez, al igual que el joven nicaragüense, decidió quedarse en Ciudad Guzmán. Mientras, en el departamento Villalobos 2, calle Corral número 12 de la Ciudad de Guatemala, a mil 485 kilómetros de distancia, cuatro almas desconcertadas lo esperan.

El viernes 25 de abril, a las 8:35 horas, violento, el bramido de La Bestia falsa volvió a cubrir el valle de Zapotlán.

Crónica publicada en el periódico El Puente, el 19 de mayo del 2014.

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Cristian Rodríguez Pinto

El desecho de la fiesta de los libros

Guadalajara, México. 

Cristian Rodríguez Pinto 

Para uno de los porteros nocturnos del estacionamiento de Expo Guadalajara, la Feria Internacional del Libro (FIL) es el evento rey; en ningún otro las personas inundan tantos contenedores de basura, -en la noche salen como unos tres camiones-, afirma.

Imagen de Jorge Alberto Mendoza

Foto: Jorge Alberto Mendoza.

Son las 20 horas del jueves 3 de diciembre, se siente un viento fresco y el cielo está cubierto por nubes que parecen inofensivas, pero en realidad son de las que suelen inundar la avenida López Mateos; anticipa un recolector de basura, tan simpático que podría haber inspirado al que interpretó Cantinflas. Se llama Francisco Rodríguez y se dirige a la puerta cero del área internacional, el punto donde inicia su expedición.

El señor Paco se adentra por Ensayistas, después cruza o recorre Cronistas, Editores o Ilustradores -avenidas del área internacional-, empuja su carrito negro, con forma de media luna y capacidad para unos tres metros cúbicos.

En él, vierte los desperdicios de un evento que deja una derrama económica de 3 mil millones de pesos -17 millones, 964 mil dólares, según el tipo de cambio de aquel entonces.

En un turno de siete horas, este hombre delgado y moreno dice llevar 50 carritos llenos de desechos hasta uno de los dos puntos de reciclado, ubicado afuera de la puerta número dos de Expo Guadalajara.

Mantener la pulcritud en el recinto que alberga a la FIL es tarea de la que se encargan 81 personas -según cuenta Omar Ramírez, supervisor del área de limpieza de la Expo-; barrenderas, recolectores y encargados de baños realizan un trabajo hormiga entre 792 mil asistentes que tuvo en el 2015 la que presume ser la segunda feria del libro más grande del mundo -después de la de Frankfurt, Alemania-, según sus organizadores.

El otro punto de reciclado se encuentra a 300 metros, a un costado de la puerta cinco, en la cima de una rampa serpenteante. Una plataforma de dos por cuatro metros entre PET, cartón, aluminio, plástico y suciedad irreciclable es el área de trabajo en la que el verdugo Oswaldo decide qué objetos tienen uso aún y cuáles se consumirán en el olvido del muladar.

A las 20:30 horas el bramido del camión 2297 de la empresa PASA (promotora ambiental) se agudiza. El chofer está empujando el colosal contenedor que, por sí solo, pesa cuatro toneladas. Y lo coloca debajo de la plataforma de Oswaldo. Es su cuarto viaje en lo que va del día. Desciende de la bestia y supervisa que la ubicación del barco de desperdicios sea quirúrgica.

El olor a yogurt rancio impregna el uniforme de Oswaldo, quien termina su faena de 12 horas y se dispone ir a cenar a casa. La batalla contra la montaña de desperdicios llegó a su fin, sólo por hoy.

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