Esther Armenta León

Si los desiertos hablaran

Zapotlán el Grande, México.

Esther Armenta León

Cuando te quedan 18 horas para seguir respirando, basta con traer 500 pesos, la mujer a quien amas y tu hija para dejarlo todo. Edgar inició su viaje la mañana en que su puerta fue marcada con el número que representa a una de las bandas que controlan las calles  de Honduras: la 18. “Scrapie”, como le llaman en su aldea, salió el año pasado de su natal Puerto Cortés, “una playa blanca de lado a lado“, forzado a cambiar sus sembradíos de café, ya quemados por los maras, por un sueño: el americano.

“Dios es mi guía, si él me da la mano no tengo miedo a la muerte”, dice Edgar con seguridad, porque para uno de los tantos hondureños que huyen de la pobreza y la violencia en su país, encontrarse con la muerte en el camino no sería una sorpresa. Sus palabras duras, fluidas y directas tienen la fuerza de la bestia que se ha tragado a más de cinco integrantes de su familia, entre ellos su  abuelo, a quien llama “mi negrito”, primos y tíos. Sus palabras tienen la condena de la muerte, como la tienen las vías del tren.

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Edgar. Foto: Esther Armenta León.

El gobierno hondureño sabe por qué decenas de familias huyen de su territorio. Narcotráfico, pobreza, violencia y la falsa percepción de que si una familia llega con un menor a Estados Unidos no será deportada son los principales móviles del éxodo rumbo a la unión americana, así quedó en los registros de la Conferencia Internacional sobre Migración, Niñez y Familia, realizada en Tegucigalpa en 2014 y de la que el presidente Juan Orlando Hernández fue anfitrión.

En dicho evento, Guatemala, El Salvador, Costa Rica y Panamá también se comprometieron a “erradicar la emergencia de seguridad” causada por el crimen organizado y a generar mejores oportunidades de vida para niños y jóvenes, “el activo más importante de un país”.

Para el año 2015 casi siete millones de  centroamericanos vivían en Estados Unidos, el 85% eran del “Triángulo Norte” -formado por El Salvador, Guatemala y Honduras-, según el informe Inmigrantes Centroamericanos en los Estados Unidos del Migration Policity Institute. Edgar y su familia esperaban ser uno de ellos,  pero el sueño solo llegó a las calles de California y a dos semanas de su arribo fueron deportados. “Los voy a mandar a México“, fue la amenaza del oficial de migración, cuando su deber era enviarlos de regreso a su país. Sin importarle, éste la cumplió: Edgar, su esposa y su hija de entonces un año fueron enviados a Sahuayo, Michoacán por un agente migratorio. Vestida de asaltos, la delincuencia de la que huían los alcanzó en Sahuayo, solo que esta vez no tenían techo para refugiarse.

Los tenis marca Jordan color rojo que tenía puestos cuando salió de Honduras fueron hurtados por un policía en México. En su lugar unos tenis descoloridos por el sol y rotos por el caminar de sus pies le dan protección a Edgar cuando pasa las horas en los topes, cuando la velocidad de los automóviles disminuye de 40 a 10 kilómetros por hora, y entonces aprovecha para pedir un par de monedas.

“Yo no quisiera estar en los topes, ¿crees que lo quisiera?”, pregunta con el ceño fruncido. Calla y agrega “allá hay trabajo pero no comida, por eso estoy acá”.

18 veces les han despojado de su dinero, comida y ropa desde que iniciaron su viaje, entre los robos de policías municipales y los pagos a la delincuencia organizada para poder cruzar “su territorio”. Edgar y su familia no han podido iniciar una nueva vida.

“Si el desierto hablara diría tantas cosas”, dice, y seguido de aquellas palabras recuerda a sus 40 compañeros de tren desaparecidos a lo largo del viaje: saqueados, torturados, secuestrados, devorados por el crimen al norte del país, golpeados por el silencio del miedo, consumidos por los golpes del narcotráfico, por la mafia de los poderosos, saqueados, torturados y secuestrados. Al fin, desaparecidos.

El asfalto arde como hacen sus recuerdos. No hay sombra, solo una línea amarilla que divide los carriles y un hombre parado en el centro de la carretera. Es Edgar recolectando monedas para sacar el día. Su esposa y su hija lo esperan a las afueras de un centro comercial en Ciudad Guzmán, municipio de Zapotlán el Grande, Jalisco, a unos mil 700 kilómetros en línea recta de su casa en Puerto Cortés. Fueron sus piernas las que los trajeron a este municipio.

“Hacés cuatro días de Sahuayo a Zapotiltic, luego dos horas a Huescapala y dos más acá. ¡Fuuun! -exclama al mover sus manos que simulan velocidad mientras el resto de su cuerpo permanece quieto- Caminás por la noche sin parar“.  A diferencia de otros indocumentados ellos no se equivocaron de tren, llegaron aquí por la cercanía a Sahuayo, Michoacán.

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El motor de Edgar. Foto: Esther Armenta León.

“A partir de la delincuencia que se vive en el Golfo de México, -los migrantes- toman el tren del Pacífico, llegan a Guadalajara y se equivocan:  toman el que va hacia Manzanillo pensando que van al norte. Por eso llegan a esta ciudad”, explica Julián Hernández Crisanto, Jefe de proyectos y atención a la población en condiciones de emergencia del municipio.

En los últimos años los semáforos, cruceros y calles de Ciudad Guzmán han sido ocupados por personas que con mochila en la espalda y el sol incrustado en el rostro piden un par de monedas para sacar el día. “El 90% de los inmigrantes es internacional, el 10% son personas mexicanas que vienen de Oaxaca, Guanajuato, Michoacán y otros estados“ asegura Hernández Crisanto, trabajador del Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF).

De acuerdo a la declaración del funcionario del DIF, la ciudad conocida por ser la cuna de Clemente Orozco, Consuelo Velázquez y Juan José Arreola es un pueblo bondadoso que recibe con los brazos abiertos a personas foráneas, sin embargo y por cuestiones burocráticas, la posibilidad de brindar empleo a inmigrantes es casi inexistente.

Saber quién se encarga de registrar la cantidad de inmigrantes, las estrategias para proteger sus derechos migratorios y acudir a asesorías, es un reto en Ciudad Guzmán. No hay respuesta a lo anterior, como “no hay institución que haya levantado la bandera para proteger a los inmigrantes (…) Lo que ayuda es la participación e interés de la gente”, puntualiza Hernández Crisanto.

“Al pisar tierra mexicana, todo individuo se hace acreedor de los derechos nacionales sin importar su origen”, sostiene el visitador adjunto de la Comisión Estatal de Derechos Humanos Jalisco (CEDHJ) en Ciudad Guzmán, Noé Contreras Zepeda, quien no define con exactitud cuál es la situación de los derechos humanos de los inmigrantes que llegan a la ciudad. El funcionario público dice que la Comisión puede darles asesoría jurídica, pero declara que la competencia le corresponde al Instituto Nacional de Migración.

A sus 27 años, su cuerpo reconoce el frío de la calle, frío que pronto se cobija por el calor de la inseguridad. Edgar no duerme, no descansa. Está siempre alerta, velando en la calle, con hacha en mano, el sueño de su mujer y su hija. A veces logran reunir dinero y se hospedan en hotel. La habitación se convierte en santuario de desvelos causados por el mañana.

Cansado de pagar impuesto a los maras, decidió huir, dejar atrás las amenazas, el 18 en su puerta, los saqueos y la inseguridad. Hoy también está cansado, quiere huir, pero no sabe a dónde. La violencia lo viene persiguiendo. Aquí en Ciudad Guzmán la vivió con palabras, con rechazo al hospedaje en los hoteles, la negación de un litro de leche en el DIF y  el cobro de cinco mil pesos que -dice- le hizo el presidente municipal para otorgarle una licencia de  trabajo. “¿De dónde saco los 5 mil, ah? En Veracruz nos cobraban 2 mil por unas actas falsas… No lo hicimos“.

“Que vida de perro” repite una y otra vez ahora que cae la noche y toma un respiro. “Cuando estuve en Sahuayo, yo ya esperaba estar en una de esas a las que llaman fosas”, dice Edgar al recordar los cinco días que pasó en el monte después de que unos policías municipales de ese lugar lo golpearon y se lo llevaron. “Me agarraron mala idea”, cree. Se detiene y no dice más.

Después de un momento se le viene a la mente el rostro confundido de una señora que lo miraba cuando lo sometían para subirlo a la patrulla. Ese ceño le hace pensar que no sólo los desiertos deberían hablar.

*Texto ganador del Primer Consurso de Crónica de la Licenciatura en periodismo del Centro Universitario del Sur. 

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Andrea Murillo Gutiérrez, Esther Armenta León

Zapotlán: ¿un futuro sin tortillas de mano?

Zapotlán el Grande, México.

Andrea Murillo Gutiérrez y Esther Armenta León

Cuatro mujeres temen que sus piernas se llenen de várices por estar de pie de lunes a domingo. Son Norma, Lupita, Noemí y Ana, tortilleras en Zapotlán el Grande, Jalisco, “tierra de maíz”, dice la gente grande.

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Foto: Andrea Murillo Gutiérrez. 

Lupita sube su pierna derecha para rascar su pantorrilla izquierda mientras todas protestan en voz alta en contra de la ingratitud de sus esposos pues saben que, después de una jornada de diez horas de trabajo, al volver a casa, ellos las recibirán con reproches por la hora de su llegada; sin embargo les agradecerán las monedas que han ganado.

Norma frente a Lupita, Lupita a un lado de Ana, Ana frente a Noemí y Noemí a un lado de Norma, echan a andar lo que dicen “aprendieron viendo”. En sus manos depositan la fuerza, el cálculo empírico-práctico, la velocidad, la herencia, el sabor, la preparación, todo mientras sostienen una conversación con sus clientes a tono de pregunta y respuesta.

Este día, ambas partes se proponen averiguar quién va a ser velado en la esquina de la calle Federico del Toro en Ciudad Guzmán, misma donde se encuentra la tortillería.

Ana lleva dos años y es la encargada, Noemí uno, Norma tres meses y Lupita apenas uno.

“Las mujeres aquí no duran porque prefieren irse a los invernaderos”, coinciden las cuatro mientras apuntan con el dedo índice los dos letreros color rosa pegados en la fachada que dicen “Se solicita empleada”. “¿Vez? Por eso como permanentes están esos dos letreros”, dicen las cuatro mujeres.

“Quizás por los préstamos”, supone Norma.

“Si allá -en los invernaderos- me voy a cansar más y me van a pagar casi lo mismo, yo prefiero quedarme aquí”, sentencia Noemí.

La calle luce semivacía este domingo. Hoy faltó una quinta compañera, pero las cuatro suponen se tomó el día para ir al centro de la ciudad a pasear con su familia. Son las 12:30 horas y apenas son ocho los clientes que han llegado.

A cuatro cuadras de distancia, en la esquina entre la calle Ignacio Mariscal y Consuelo Velázquez, en un local pintado de color blanco con verde y adornado por una milpa de maíz, sobre la pared de uno de sus muros hay una lámina resquebrajada por la lluvia, el viento y el sol que desde hace 26 años anuncia “Tortilla de mano”.

Dentro, Dolores Casillas y sus hijas, María del Carmen y Luz Melina Villanueva, están por terminar de moler el nixtamal contenido en dos cubetas de 20 kilos que prepararon esta mañana. Sabían que el día sería bajo en venta porque conocen a los clientes, sus clientes, lo principal para Doña Lola.

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Nixtamal. Foto: Andrea Murillo Gutiérrez. 

Además de Dolores y sus dos hijas, Karina Cibrián, Ramona Huerta y Rosa María Contreras también trabajan en este local.

Karina tiene 34 años, diez haciendo tortillas, cuatro en el negocio de Dolores y un corazón tatuado en su brazo derecho. Las letras “M&I” están dentro de su corazón, impregnadas con tinta negra ya casi borrada. ‘M’ por Mayra, el primero de sus nombres y la letra ‘I’ por su esposo, el hijo de su suegra, la mujer que la enseñó a tortear.

Ramona desconoce el año en que nació. Tiene una acta de nacimiento pero no sabe leer. No recuerda cuánto tiempo ha torteando y entre la intervención de todas para ayudarla a calcular su edad, el forcejeo de la máquina moliendo el nixtamal, los clientes encima pidiendo kilos de tortillas y la inquietud de sus labios para estar unidos, ella habla con sigilo y cuenta que, desde que ayudaba a su madre a hacer tortillas para alimentar a sus hermanos, decidió emplearse con Dolores para ganar algo de dinero.

Rosa María tiene 50 años haciendo tortillas, los otros 15 no los cuenta porque, dice, no conocía el oficio con el que daría de comer a su familia. Deja ver dos costras por quemaduras en su brazo izquierdo y otra en su muñeca derecha, la más reciente, aún de color rojo .“Me las hice por pendeja”, dice. Agarra agua y la esparce sobre las grietas de masa seca que cubren las arrugas profundas de sus manos. Agarra otro puño y lo tira sobre una bola de masa. La estira con fuerza hasta dejarla aguadita para poderla tortear. Una constelación de puntitos de masa cubre sus brazos desde sus codos hasta el filo de sus dedos medios.

La tortilla hecha a mano “forma parte de la cultura alimentaria local y constituye una práctica de los hogares que se ha perdido con los procesos de expansión y crecimiento de las ciudades: urbanismo y gentrificación, por ejemplo”, explicó Claudia Rocío Magaña González, investigadora del Centro de Investigaciones en Comportamiento Alimentario y Nutrición (CICAN), del Centro Universitario del Sur (CUSur) de la Universidad de Guadalajara.

Magaña González describió que, al igual que el pan, la tortilla tiene un lugar muy importante en la mesa de muchos hogares de Ciudad Guzmán y de la región sur de Jalisco, y que los comensales prefieren las tortillas hechas a mano por su sabor: distinto al de tortilla de máquina, ya que el maíz nixtamalizado -y a veces producido por las mismas personas- cambia la textura de la tortilla, lo que se refleja en la suavidad de la misma.

“También influirán la regulación del calor y el volteado que se haga en el comal, además del color del maíz que se utilice”, señaló Magaña González.

‘Jiotosa’ le llaman Ana y sus compañeras a la tortilla con puntos blancos. Es señal de que está ‘sancochada’ -cruda-, le dice Dolores. Mientras la primera utiliza maíz blanco porque “los clientes lo prefieren”, la segunda maneja maíz amarillo “porque es el que compran mis clientes y porque el blanco es más delicado”. En lo que sí coinciden estas tortilleras es en no augurarle mucha vida, ni dentro ni fuera del refrigerador, a aquella tortilla que no se cosa bien.

De Tlayólan a Tzapotlán: el maíz en Ciudad Guzmán

Antes de elaborar las tortillas como se conocen hoy, las mujeres prehispánicas aprendieron a dominar el ciclo del maíz por gracia de la Diosa mexica Chicomecóatl, a quien se le atribuía el abasto del maíz y la fertilidad.

En Mesoamérica, “el maíz formaba parte del mundo y  trabajo de la mujer, al ser ella quien recolectaba los frutos y semillas para alimentar a los grupos”, explicó Janet Long en la investigación titulada Tecnología alimentaria prehispánica.  

“La mujer lo sembraba, lo protegía en sus ciclos de cultivo, lo cosechaba, lo procesaba y comprendía las cualidades y necesidades de la planta“ (Pág. 132). Para el siglo XVI las mujeres descubrieron el proceso de nixtamalización, con lo que lograron la masa ideal para hacer tortillas, tamales y el atole.

En Ciudad Guzmán, conforme lo escrito por el historiador y ex-cronista de  la ciudad, Esteban Cibrián Guzmán, en su libro Tlayólan-Tzapotlán (Estudio histórico) Épocas Precortesiana y Colonial de Ciudad Guzmán, Jalisco, -publicado en 1974- en una remota época los primeros pobladores llegaron al valle atraídos por su diversidad de árboles frutales. En el lugar obtuvieron abundantes cosechas de maíz, “por lo que les mereció ponerle a este pueblo el nombre de Tlayólan, vocablo que en idioma náhuatl significa: tierra que produce mucho maíz, o donde abunda el maíz” (p. 42).

En La Feria -1963- Juan José Arreola hace varias referencias al maíz de Zapotlán. Menciona que, en un principio, Ciudad Guzmán se llamó Tlayólan hasta que los pueblos vecinos “cercaron el llano, guardando todos los puertos para que nadie pudiera pasar. Y entonces Tlayólan se llamó́ Tzapotlán, porque ya no comíamos maíz, sino zapotes y chirimoyas, calabazas y mezquites” (pág. 39).

Hoy en día, el maíz ocupa alrededor del 45% del terreno municipal destinado a la agricultura en Zapotlán, explicó Alejandro Macías Macías, director de la División de Ciencias Sociales y Humanidades del CUSur. Sin embargo, el cultivo de este cereal va a la baja en la localidad.

“La actual denominación de ‘tierra que produce mucho maíz’ tiene vigencia en Zapotlán, pero los cambios que se han dado en los últimos 15 años marchan a que en el mediano plazo esto cambie. Ahora hay cultivos que tienen mayor poder de mercado como lo son el maíz forrajero, el aguacate y los berries”, destacó Macías Macías.

En la tortillería de Dolores, los costales en los que llega el grano tienen la leyenda “Hecho en Sinaloa”. Ella se los compra a una empresa abastecedora de alimentos para ganado bovino y porcino. “Ahorita aquí ya no hay cultivo de maíz, ha bajado mucho a causa de tanto invernadero”, declara.

Macías Macías dijo que el maíz “aporta menos del 5% del producto interno bruto municipal” y que “sólo entre el 15 y 20% del maíz local es destinado a la producción de tortillas”. Pero destacó que “es el principal sustento de algunas familias, así como de agricultores para su ganado. Además, el valor del maíz zapotlense no se concentra en términos económicos, sino culturales”.

El maíz, junto con el chile y el frijol “se producen, distribuyen y consumen a nivel nacional; se valoran por sus antecedentes históricos y permanencia en el tiempo y sostienen la identidad nacional mexicana”, argumentó Magaña González, especializada en luchas por la soberanía alimentaria y etnicidades en el contexto global.

Compra, venta e intercambio de historia

En la tortillería de la que se encarga Ana, “La patrona”, como nombran las cuatro mujeres a la dueña, les surte la masa por la mañana y regresa por la tarde para pagar las bolas que torteó cada una. Por amasar una bola de aproximadamente cinco kilos les paga 18 pesos -0.9 dólares-. Cada una de estas trabajadoras tortea de dos a tres bolas al día, lo que representa de 36 a 54 pesos por jornada: mil 620 pesos -81 dólares- al mes.

Noemí asegura que en ocasiones ha terminado hasta diez bolas en un día, es decir 50 kilos, y ganado 180 pesos -9 dólares-. Ana, quien tiene una extensa trayectoria en diferentes tortillerías, dice que en este establecimiento es donde “donde mejor pagan la bola de masa”.

Las cuatro aducen que su desempeño laboral se debe a la actitud que lleve cada una al trabajo y que la plática influye para que haya buena convivencia y así torteen olvidando el cansancio. Eso sí, sin perder de vista lo sustancial: satisfacer el deseo de los clientes por comer tortillas.

Ironizan cuando las personas les dicen ‘chismosas’. Ahora, las cuatro mujeres se despiden de la señora que llegó a preguntarles quién va a ser velado en la esquina de la calle Federico del Toro.

“A la patrona le gusta que hagamos las tortillas bien hechas, si no nos saca de aquí”, dice Ana. Estas tortilleras se refieren a “La patrona” como una mujer quien, además de exigirles, sabe hacer tortillas a mano.

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Foto: Andrea Murillo Gutiérrez. 

“Hay unas que quieren todo bien hecho y en su vida han amasado. En cambio, La patrona nos dice ‘mira, así quiero que las hagas’, y se pone a hacerlas”, puntualiza Noemí.

La describen como una persona exigente y especial en sus malos ratos, pero generalmente considerada. Les da de desayunar, comer y, si viven en Constitución, Solidaridad, o alguna colonia que implique trasladarse en camión, éste va por cuenta de La patrona.

El horario del grupo de Ana es de 7 a 15 horas, aunque hay días en que terminan a las 17 horas. Los mismos horarios son para Dolores, sus dos hijas, Rosa María, Karina y Ramona.

Doña Lola, como la conocen los clientes, lleva más de 70 años haciendo tortillas y paga la bola de masa a 17 pesos. Sus empleadas toman una bola, misma que representa una ficha. Al final de la jornada Dolores les paga por el número de fichas que cada una haya torteado.

“Si no estoy aquí, estoy en otro lado pero siempre me dedico a esto”, explica Rosa María mientras recuerda los lugares a donde ha ido a tortear: Tamazula, Manzanillo y Colima son algunos de ellos.

Según Rosa María, en cualquier ciudad se paga mejor la bola de masa, menos en Ciudad Guzmán:

“En Tamazula la cubeta de cuatro bolas la pagan en 140 pesos y en Colima y Manzanillo una gana 300 o 400 pesos al día. En Colima a los clientes las tres docenas de tortillas les cuesta 36 pesos, no 18 pesos como aquí”.

Las diez mujeres de ambas tortillerías describen a su oficio como una práctica que, además de hacerla para sostener a su familia, la hacen por gusto y por herencia familiar.

Según el Padrón oficial de licencias comerciales del municipio de Zapotlán el Grande, existen registradas 87 tortillerías de máquina y 47 tortillerías de mano, sin contar los negocios establecidos en hogares que no tienen con permiso oficial.

En la misma calle de Federico del Toro, en una casa de puerta pequeña apenas abierta, se alcanza a distinguir María de la Cruz. Apresurada porque frente a ella esperan tres señoras y además debe entregar cuatro pedidos de dos kilos cada uno.

A sus 63 años de edad, María comenzó a trabajar este oficio por encargo de su nuera que alumbró recientemente.

Antes de que naciera su hijo, Claudia Rolón, de 32 años, le pidió a la hermana de su suegra parte del recibidor de su casa y acordó con un señor comprarle todos los días 13 kilos de masa, ya nixtamalizada, siempre y cuando le prestara un comal, una báscula y una mesa. Así comenzó este negocio.

En esta casa de puertas semi-abiertas la venta comienza a las 14 y termina a las 17 horas. La encargada temporal esquiva las preguntas e interroga primero qué fin tienen y a qué se debe la visita. Después de una charla, comparte que no tiene a más mujeres empleadas con ella porque apenas y saca lo de la masa. Tampoco tiene dinero para comprar un comal, una báscula ni un nixtamal, para independizarse del señor.

“Apenas y saco lo que compro de masa y ya no aguanto los dolores de espalda. Se lo voy a dejar a mi nuera pero a ver si ella quiere seguirle. A lo mejor sí, a lo mejor no”, dice María.

Al ver el apuro de la tortillera, una de sus clientas se acomide a voltear y poner sobre su trapo cuan tortilla va saliendo. Las tres señoras coinciden en comprar tortilla hecha a mano porque “las de máquina saben a papel y ni llenan bien”.  

Entre la plática, y ya entregados los pedidos, se asoma el esposo de María, como señal para decirle que vaya a casa a prepararle comida. De inmediato ella despide a sus clientas, toma las monedas que ganó durante las tres horas y, con seguridad, dice: “lo más probable es que quite el negocio en estos días”.

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Futuro incierto. Foto: Andrea Murillo Gutiérrez. 

Según Macías Macías, la desaparición de la tortilla hecha a mano sería “un golpe cultural muy fuerte, una problemática social potencializada“, y justifica la idea resaltando la identidad que ha otorgado el maíz a México y la dependencia de los mexicanos a la tortilla. En este sentido, Magaña González explica que “las prácticas no se extinguen, pero sí se reinventan con los años, al mismo tiempo el gusto y la cultura alimentaria se van transformando en sus diferentes espacios”.

En la calle Federico del Toro, Norma, Lupita, Noemí y Ana coinciden en que el oficio se va a acabar por tres factores principales: el sueldo bajo que reciben, el desconocimiento de la elaboración de tortilla por las nuevas generaciones y la rapidez de producción de las tortillas de máquina. En la otra esquina, al lado del comal, Dolores y sus dos hijas, Rosa María, Karina y Ramona mantienen la fe en que los comensales buscarán la tortilla hecha a mano “hasta en la última colonia”.

 

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Esther Armenta León

Las raíces de Elodia

Atemajac de Brizuela, México.

Esther Armenta León

Al sur de Jalisco, entre las montañas de la Sierra Madre Occidental, la luz comienza a ascender y las cúpulas grisáceas que dejó la noche en Atemajac de Brizuela, desaparecen; las calles permanecen vacías del andar de los hombres y de a poco, entre ecos, se llenan con el aullar de los perros.

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Elodia y sus raíces. Foto: Esther Armenta León.

Son las seis de la mañana y Elodia Baltazar de la Cruz, en sincronía con el alba, despierta y se levanta para iniciar su día. Toma el suéter negro que se encuentra en la silla de madera, seguido del reboso de estambre que coloca sobre su cabeza para enfrentar al aire que atraviesa el pasillo. Preparada, sale de su habitación y se dirige hacia la cocina.

De pie y a espaldas de la ventana, bajo la luz tenue que se desprende en el  centro del techo, atrapada en las cuatro paredes de ladrillo que encierran el calor del fuego, Elodia enciende el televisor, comienza a preparar el desayuno y espera a que su esposo, Fernando Reyes Pérez, regrese del corral donde se encuentra alimentando a su caballo.

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Elodia comienza a preparar el desayuno. Foto: Esther Armenta León.

Entre el vapor que se desprende de las cazuelas colocadas en el fogón y la neblina puesta sobre las montañas, Fernando, como casi todas las mañanas, entra a la cocina llena del olor a leña quemada para comer lo que su esposa ha dejado sobre la mesa de madera: una taza que de su interior desprende el inconfundible aroma a café de olla; y, al lado, con el contorno rosa y el fondo humeante, un plato con tortillas remojándose en los aún hirvientes frijoles. Son el alimento que toma antes de partir a caballo y otras veces a pie, al cerro de su localidad.

Fernando porta un chaleco de mezclilla sobre una camisa a cuadros en tonos azules, un sombrero color beige y un pantalón azul. Con él, lleva el pico que le permite trabajar en el campo. Elodia viste un vestido con fondo negro estampado con flores amarillas, un mandil con rombos blancos y bolsas a los lados decoradas con rosas rojas, medias color café, un par de arrugas en la frente y otros más en las mejillas al igual que en sus manos. En ellas; cuatro anillos color plata, tres en la mano derecha y otro en la izquierda.

Aparentemente son distintos, sus rasgos no coinciden, sus atuendos son opuestos y su edad no es la misma, pero entre tantas diferencias, existe el conocimiento que los une y que ha sacado adelante a su familia desde su formación y hasta la actualidad: la elaboración artesanal de escobas de raíz.

Elodia tiene 70 años, es costurera y ama de casa. De vez en cuando y de a ratos se sienta en el sillón dentro de la cocina, delante del televisor, y acompañada de la fotografía de su madre colgada en la pared, cose, a punto de cruz, servilletas blancas que vende en Atemajac de Brizuela, el pueblo que la vio crecer.

Cuando las labores domésticas se lo permiten, recorta y ata unas tiras de raíz que su esposo trae del campo para hacer escobas y estropajos. Momento en el que revive su juventud al lado de sus hermanas, cuando guiadas por su padre capoteaban, trenzaban y recortaban las raíces en el campo durante todo el día.

Con orgullo, recuerda  cómo en el cerro, entre pinos y senderos de tierra colorada, arremetía contra la superficie que se encontraba al rededor del arbusto. Al utilizar con fuerza su herramienta, ablandaba el suelo para extraer los “zacatones“, mata de la que se obtienen las escobas. Una vez fuera, separaba la raíz del tallo. Mientras la luz del día lo permitía sacaban zacatones.

Al volver a casa, sobre sus hombros cargaban las raíces amarradas con ixtle para llevarlas al taller y arrinconarlas bajo un techo de lámina. Días después, teñidas de café y secas por el aire, se agrupaban en montoncitos y en dirección a la orilla del río más cercano, se acarreaban para lavarlas y quitar la “basurita café“ que sale cuando se resecan.

Una vez limpias las raíces, podían comenzar la elaboración de escobas en el taller de su padre: los montoncitos eran separados, las raíces gruesas se hacían escobas, las delgadas y cortas: estropajos. Los ramilletes seleccionados para escoba se doblaban por la mitad y, con alambre, eran sujetados a un palo de madera de aproximadamente un metro y veinte centímetros.

El extremo sobrante del ramillete de cincuenta centímetros de largo, que no era atado, se recortaba para obtener una punta alineada. Finalmente, después de cinco días, las raíces ya con la silueta de escoba eran llevadas a las tiendas de su pueblo con el fin de obtener a cambio un par de monedas para comer.

Baltazar de la Cruz ocupa el puesto de hermana mayor entre 9 hermanos que tiene: 3 mujeres y 6 hombres. Desde pequeña, su madre la enseñó a coser prendas para vestir y su padre la llevaba al sembradío de zacatón para sacar raíces. “A todo le tiro y a nada le pego“, dice la mujer de cabellos grises y faldas largas, mientras se cubre la boca para ocultar su risa.

Esa colección de memorias familiares en el campo se han convertido en sólo recuerdos, mientras para Fernando son la razón por la cual, en compañía de su caballo,  se dirige todas las mañanas al monte.

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Fernando, listo para buscar raíces. Foto: Esther Armenta León.

Nacido en Atemajac de Brizuela, huérfano, acostumbrado a trabajar en el campo y con 68 años encima, Fernando Reyes Pérez se levanta a las cinco de la mañana para partir poco después de las seis. Toma su sombrero, se protege del frió con su chaleco, y sale de su habitación para ir al corral. Tierra húmeda, zacate amarillento y árboles llenos de roció lo reciben en el gallinero. Ahí, detrás de la puerta de madera, se encuentra el que solía ser caballo de su compadre y que ahora es de él: Colorado o Colorín, como él lo llama.

Le pone la rienda sobre el cuello, le ensarta el freno en el hocico y lo ensilla para, minutos después, luego de desayunar, montarlo y partir al cerro. Hace 45 años Fernando comenzó a emplear esta forma de trabajar que su suegro había enseñado a Elodia, y que después ella compartió a él para convertirse en fabricantes de escobas de raíz.

Rodeada de macetas, árboles frutales, el tibio aroma a canela, un par de estropajos recién hechos colgados en la pared y con una sonrisa que no puede disimular, Elodia de la Cruz menciona: -“Porque sea mi esposo no lo digo, pero dicen otros que es el mejor“. Fernando, tranquilo, afirma que sus escobas han sido llevadas, por varios años, a pueblos aledaños como Tapalpa y las rancherías de Atemajac.

Elodia y Fernando se casaron hace 48 años. Tuvieron 15 hijos; seis de ellos murieron, seis están casados y tres trabajan en la ciudad, ninguno sabe realizar el trabajo de sus padres, “porque es muy cansado y mal pagado. Le corren al sol y a las lluvias y luego, con eso de que ya todo lo hacen de plástico, son poquitos los que siguen comprando escobas de raíz para barrer su casa“, dice Elodia. Sus hijos sólo recibieron educación primaria porque su situación económica no les permitió seguir, y ahora son albañiles al igual que su padre, quien prefiere trabajar la raíz ya que es mejor pagado que otros trabajos que hace.

“Al día saco 12 escobas que vendo a 50 pesos y ya con eso salen los centavos para estar, pero que los muchachos le tiren a lo que les gusta, pues. No se puede obligar“, expresa Fernando.

Elodia, con voz cálida describe su oficio como “un trabajo con trabajo“, por el esfuerzo que se necesita para realizarlo, mismo que le ha otorgado la admiración de su esposo, quien asegura, que gracias al conocimiento de su esposa, él aprendió el oficio que ha mantenido a su familia desde su inicio y hasta la actualidad.

Casi son las siete de la mañana, las luces del alba comienzan a pintar los cielos, el viento pasea las hojas tiradas a los pies de los árboles y Elodia, envuelta de frío en la entrada de la cocina, se despide de su esposo antes de que él parta a capotear raíces, mientras ella continua torteando y espera a que él vuelva del campo para elaborar lo que su padre hacía, lo que le enseñó y heredó, lo que son sus raíces: elaboración de escobas raíz.

  • Texto resultado del Foro Estudiantil de Periodismo Especializado (FEPE), iniciativa de estudiantes de la licenciatura en periodismo del Centro Universitario del Sur. 

 

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